martes 27 de abril de 2004

Un chabochi en la Tarahumara

Del 11 al 26 de Abril de 2004

A la entrada de CreelHa sido necesario pedalear más de quince mil kilómetros por el México lindo y querido para encontrar este lugar tan amargamente dulce. Aquí he llegado y aquí me quedo: un chabochi en la Tarahumara.
La Sierra Tarahumara es parte de la gran cadena montañosa conocida como Sierra Madre Occidental, que corre desde el norte de Sonora y Chihuahua hasta el Río Grande de Santiago (Jal.), pasando por los estados de Durango, Sinaloa, Zacatecas y Nayarit. Las montañas se elevan hasta los 3,000 metros sobre el nivel del mar, con barrancas que llegan hasta los 1,879 metros de profundidad (Urique). El clima es contrastante. Mientras en las montañas es extremadamente frío, en la barranca es semitropical.
A la llegada de los españoles el pueblo rarámuri ocupaba una extensa región desde las grandes llanuras del centro de Chihuahua hasta la Sierra Tarahumara, pero el avance colonizador los obligó a replegarse hacia la sierra pues era el único resguardo seguro para eludir el trabajo forzado en las haciendas y en las minas.
Hoy día el pueblo rarámuri, cuya población se estima en unas cincuenta mil gentes, se concentra principalmente en los municipios de Guadalupe y Calvo, Balleza, Guachochi, Batopilas, Urique, Nonoava, Carichí y Bocoyna.
La riqueza naturalística, cultural y humana de esta región es incuestionable y para quienes gustan de los paisajes montañosos es un auténtico paraíso.
Para comenzar a explorar este territorio yo elegí como punto de partida la ciudad de Chihuahua, capital del estado del mismo nombre. El primer lugar que deseaba conocer era la Cascada de Basaseachi, aunque para ello fuera necesario pedalear alrededor de 280 kilómetros por la carretera que une las ciudades de Chihuahua y Hermosillo (capital del estado de Sonora).
En la primera jornada el frío, el viento y la lluvia fueron los protagonistas, junto con una granizada (la primera en la bici-pato-aventura) que hizo que llegase a cuestionarme sobre qué chin... hacía yo allí. Tras pedalear algo más de cien kilómetros, Ciudad Cuauhtémoc me recibió aquel domingo 11 de Abril de 2004 (Domingo de Resurrección) con una temperatura de dos grados centígrados y el anuncio de que por el rumbo de Basaseachi había nevado.
En la cabecera del municipio donde se encuentra la comunidad menonita más grande de México (alrededor de sesenta mil personas), curiosamente no me crucé con ningún menón, así que en la jornada siguiente decidí continuar rumbo a La Junta (46 km).
La Junta (ahora llamado Adolfo López Mateos) es un lugar sin chiste y el hospedaje está ligeramente caro. El nombre de La Junta proviene de que en este lugar se juntan dos líneas de ferrocarril: la Chihuahua-Pacífico (la del Chepe) y la Noroeste de México.
Crucero a Creel, en la carretera de La Junta a TomochiCamino de Tomochi encontré el crucero (carretera pavimentada) para San Juanito y Creel. Sin embargo, mi destino inmediato era Basaseachi, de modo que seguí derecho por una carretera de montaña pura y dura con fatigadas subidas y vertiginosos descensos, combinación que parecía no terminar nunca.
En Tomochi, el primer pueblito de una larga serie cuyo nombre tiene la terminación -chi, encontré personas muy amables que me miraban con curiosidad mientras recordaban aquel otro señor, ya grande él, que hacía tres años apareció por allí con una bicicleta jalando de un carrito y, según dijo, estaba cumpliendo una manda.
Al fondo, el poblado de BasaseachicYa sólo faltaba completar los sesenta kilómetros que separaban Tomochi de Basaseachi, nuevamente por un trazado montañoso. Basaseachi es un pueblo chiquito al que no llega el periódico, no cuenta con servicio de internet ni banco. Sin embargo, cuenta con varias tienditas donde comprar alimentos, algunos restaurantes y varios hoteles modestos. Si desean quedarse allí yo les recomiendo el hotel San Gilberto, un lugar muy agradable y económico.
La gente de Basaseachi es muy simpática y platicadora. Como están acostumbrados a que la mayoría de las personas que llegan por allí no se quedan (visitan la cascada y se marchan) tratan muy bien a las personas que, al igual que yo, se quedan unos días por aquellos rumbos.
Pero bueno, ya va siendo hora que platiquemos sobre la cascada, la cual se encuentra dentro del Parque Nacional Cascada de Basaseachi, un auténtico paraíso para la observación de diferentes especies de flora y fauna. A Chihuahua le dicen "el estado grande" (por su superficie) y el Parque Nacional Cascada de Basaseachi hace honor a ese nombre. Allí todo es a lo grande: 246 metros de altura tiene la cascada y 1,750 metros de profundidad la Barranca Candameña.
El acceso a este Parque se puede realizar por dos lugares: la caseta 1, a unos 5 kilómetros de la desviación Las Estrellas (kilómetro 271.5 de la carretera Chihuahua-Hermosillo) y la caseta 2, a unos dos kilómetros del poblado de Basaseachi (kilómetro 276 de la carretera Chihuahua-Hermosillo).
Aquí inicia la caída de agua de la Cascada de BasaseachiParte Baja de la Cascada de BasaseachiLa Cascada de Basaseachi vista desde La VentanaLa Cascada de Basaseachi vista desde el Mirador San Lorenzo











La cascada se puede observar desde diferentes puntos. Del lado de la caseta 1 están el Mirador San Lorenzo (a 100 metros del estacionamiento), el Mirador Candameña (a 500 metros del estacionamiento) y los Miradores II y III (a 400 metros del estacionamiento). Del lado de la caseta 2 se puede acceder a la Parte Alta de la cascada (a 800 metros del estacionamiento), a un punto intermedio llamado La Ventana (a 1,700 metros del estacionamiento) y a la Parte Baja de la cascada (a 2,200 metros del estacionamiento).
En el Parque Nacional Cascada de Basaseachi con la rojigualdaImagen captada desde la Parte Alta de la Cascada de BasaseachiImagen captada desde la Parte Alta de la Cascada de BasaseachiLa Barranca de Candameña vista desde el Mirador Candameña, en el Parque Nacional Cascada de BasaseachiYo me aventé un bonito paseo comenzando en el poblado de Basaseachi, pasando por todos esos lugares desde los que es posible avistar la cascada (tanto del lado de la caseta 1 como de la 2) y terminando nuevamente en el poblado de Basaseachi. Calculen todo un día para realizar este recorrido sin prisas y disfrutando del paseo. Los senderos están bien señalizados, de modo que no hay pierde y es posible caminar uniendo los dos puntos de acceso al Parque. Un consejo para las damitas: que dejen para mejor ocasión los zapatos de tacón pues el terreno no admite ese tipo de calzado. En cuanto a la bicicleta, mejor dejarla en el hotel.
Estando en Basaseachi oí hablar de otra cascada que casi doblaba en altura a la que ya había conocido. Se trataba de la Cascada de Piedra Volada (según 453 metros de caída libre).
Vista del poblado de HuajumarImagen captada en el poblado de HuajumarSiguiendo las instrucciones que me proporcionaron agarré la carretera Chihuahua-Hermosillo y a la altura del kilómetro 280 seguí el camino de terracería que conduce a Ocampo y Moris. Al cabo de siete kilómetros encontré el poblado de Huajumar. Me sacó mucho de onda que en el único "hotel" de aquel lugar me pidieran 180 pesos por un mugre cuarto, así que después de decirles que estaban locos, con la rojigualda y todo mi equipaje cargado en ella me aventé a la búsqueda de la cascada. Seguí el camino (justo antes del puente a mano izquierda) que supuestamente conduce a un mirador desde el que se aprecia la Cascada de Piedra Volada y la Peña del Gigante (una roca con una cara totalmente vertical de 885 metros). El camino pronto comienza a dividirse, surgen diferentes posibilidades, allí no hay una pinche indicación de por dónde agarrar y tampoco nadie a quién preguntar.
Después de pedalear y caminar durante cuarenta minutos sin encontrar ningún indicio de la cascada, decidí que ya bastaba de jaladas, llegué a la conclusión que los habitantes de Huajumar, o no deseaban que yo conociese la Piedra Volada y la Peña del Gigante o pretendían que contratase los servicios de un guía, así que me marché de allí con un coraje que me hizo recordar alguna de aquellas jornadas por el sur de Baja California.
Continuando con la exploración de los alrededores de Basaseachi me dirigí al valle de Otachique, antiguamente lugar sagrado para el pueblo rarámuri. Para llegar allí es necesario dirigirse hasta la desviación Las Estrellas (kilómetro 271.5 de la carretera Chihuahua-Hermosillo) y allí agarrar la carretera pavimentada que conduce al acceso (caseta 1) del Parque Nacional Cascada de Basaseachi . La carretera pavimentada continúa hasta el estacionamiento del Parque pero yo seguí el camino de terracería que, pasando por Betorachi, continúa hasta el crucero San Juanito-Uruachi (km. 0). En este punto se agarra dirección Uruachi y se pasan los poblados de Cajurichi (km. 6), Memelichi (km. 17), Calaveras (km 26) y Aguatiachi (km 32). A la entrada de Aguatiachi está la indicación para Otachique, a donde se llega siguiendo las diferentes indicaciones con la leyenda "Cabañas" Desde el poblado de Basaseachi hasta el hostal Otachique se hacen un total de 52 kilómetros, la mayor parte de ellos por un camino de terracería donde las trocas van a toda madre pero yo con la rojigualda cargada, a duras penas podía subir aquellas cuestototas sin hacer pequeños descansos y bajarlas sin caerme.
Llegué a Otachique cubierto por la fina capa de polvo que me fueron aventando los carros con los que me crucé en mi camino. Estaba fatigado, hambriento y sediento. Dicen que todo esfuerzo tiene su recompensa pero la mía parecía no llegar.
Vista del valle de OtachiqueLa bienvenida al hostal fue un tanto fría: una puerta de madera cerrada con mecate. Como no tenía muchas opciones decidí abrir la puerta y pasar al interior de la finca. Los dos perros que encontré ni siquiera ladraron al verme llegar. Di voces pero nadie me respondió. Todo estaba perfectamente cerrado y allí no había nadie. Había batallado durante cincuenta y dos kilómetros para llegar a la nada. Pero todavía había algo peor: en el camino había perdido mi encendedor. Tenía cigarros pero no con qué prenderlos. Vamos, un auténtico desastre.
En el hostal OtachiqueEl lugar era hermoso. Media docena de cabañas de sólida construcción, algunos asadores, un curioso puente de madera y un amplio edificio que contaba con comedor y cocina. Me instalé en el porche del restaurante, colgué mi hamaca y me entregué a mi pasatiempo favorito en México: esperar.
Cuando comenzaba a oscurecer y todo parecía indicar que aquella noche no iba a tener compañía, apareció la señito encargada del cuidado de las cabañas acompañada de su hijo. Les pedí permiso para quedarme allí. Ellos me dijeron que podía dormir en el interior del restaurante pero como yo ya tenía todo "el campamento" instalado... Me invitaron a café y a unos deliciosos tacos de tortillas recién hechas. Estuvimos platicando un buen rato, me contaron que cerquita de allí había un hermoso lago y muchos caminos en el bosque para pasear. El lugar es francamente paradisiaco.
Dios bendiga a estas personas y si ustedes desean conocer allí no hagan como el caballero pedaleante que se aventó al "viva México", mejor hablen al teléfono de Uruachi (01 635 4560650) para que cuando lleguen los estén esperando.
Al día siguiente regresé a mi cuartel general en Basaseachi (el hotel San Gilberto). Mi inseparable compañera, la rojigualda, había sufrido las consecuencias del centenar de kilómetros por nuestra amiga la terracería. Necesitaba una visita al taller. Ni modo de recorrer los cien kilómetros que nos separaban de San Juanito por un nuevo camino pedregoso. Era necesario retroceder hacia La Junta para entroncar con la carretera pavimentada.
Un reconfortante "caldo de oso" me estaba esperando en Tomochi. Desde que incursioné en el estado de Chihuahua había visto anunciado en diferentes lugares este platillo pero fue la segunda ocasión en que recalé en Tomochi cuando me decidí a probarlo. Pero ¿dónde estaba el oso? ¿Quizás me habían vendido su piel antes de cazarlo? El caso es que me trajeron un caldo con verduras y cachitos de un filete de pescado que no logré determinar a qué especie pertenecía. Eso sí, estaba sabrosísimo.
Como no deseaba volver a La Junta, decidí continuar mi "trabajo de exploración" de la sierra chihuahuense y me aventé para Ciudad Guerrero, un agradable lugar donde encontré un taller para darle una manita de gato (o un zarpazo de oso) a la rojigualda. Malas noticias. La estrella trasera estaba quebrada interiormente, no había refacción y la compostura que le hicieron no ofrecía muchas garantías.
Estábamos cerca de cumplir los 16,000 kilómetros por "el país de los topes" y apenas nos restaban poco más de un centenar para llegar a nuestro destino (Creel). Era necesario platicar con mi inseparable compañera.
- Oye rojigualda, una vez te prometí que algún día íbamos a llegar juntos a Creel. Cien kilómetros y ya chingamos. ¿Cómo ves?
- Veo que mi estrella se va a chin... en cualquier momento. ¿Por qué no pides un rai y te dejas de chin...?
- No, pos qué pasó... Tú has sido testigo de que a lo largo de toda la bici-pato-aventura jamás he pedido ni aceptado un aventón.
- Eres terco como mula vieja. Creo que no va a servir de nada lo que yo te diga.
- Entonces... ¿nos aventamos al viva México?
- Al viva México cab... mi buen güerito.
Entrando al municipio de BocoynaY así fue como recorrimos los 84 kilómetros que separan Guerrero de San Juanito. Sólo faltaban treinta kilómetros para llegar a Creel y ciertamente, podríamos haber seguido hasta allí sin quedarnos a pernoctar en San Juanito. Sin embargo, nuestra bici-pato-aventura merecía un final redondo. Esos últimos treinta kilómetros había que saborearlos despacio, sin prisa, como una paleta que no deseamos que se termine nunca. ¿Y qué mejor día para hacerlo que el mero en que se cumplían quince meses de bici-pato-aventura?
Lunes 26 de Abril de 2004. Un cielo azul intenso y un sol radiante nos anuncian el nuevo día. Con tranquilidad empaco mis tiliches, lleno las ánforas con agua de la llave a la que agrego las gotas milagrosas que la purifican, recorro todos los rincones del cuarto del Silvia's para no dejar nada olvidado y prendo un último cigarro.
- Ya me marcho señito, aquí tiene usted su llave.
- Dios lo bendiga joven.
- Gracias señito. Con permiso.
- Pásele.
Las casitas de San Juanito van quedando atrás. Creo que este es el pueblito más grande del municipio de Bocoyna. La carretera sube y baja. Nuestra última etapa también va a ser montañosa. Bueno, de media montaña, porque después de todo lo que nos ha tocado batallar en este país parece que hemos llegado a adquirir algo de condición.
- Oye rojigualda, me temo que esto se está acabando. Allá está Creel, el punto final de nuestro viaje.
- Mira güerito, a mí no me cotorrees. Hace unos meses me dijiste lo mismo cuando llegamos a Ciudad Hidalgo (Chis.). Sin embargo, desde entonces hemos rodado cuatro mil kilómetros más.
- Esta vez es de "adeveras" rojigualda. No te estoy cotorreando. Además, tengo una buena noticia para ti.
- ¿Una buena noticia?
- Sí, creo que serás feliz al saber que tú te vas a quedar aquí. Vivirás en el corazón de la Tarahumara. ¿Cómo ves?
- ¿Qué me vas a vender o qué?
- No, cómo crees. Todavía hay cosas en esta vida que no se cambian por dinero.
- ¿Entonces?
- Entonces... tengo que buscar una persona que necesite una bicicleta y no tenga lana para comprarla. Eso sí, tendrá que ser una persona especial.
- ¿Especial? No me espantes güerito. Espero que antes de tomar una decisión me consultes.
- Será como tú quieras rojigualda.
Facun.

anterior relato


Otros enlaces de interés:

- Mapa del estado de Chihuahua

- Tren Chepe

- Secretaría de Turismo del Estado de Chihuahua
- ¡Ah, Chihuahua!
- Chihuahua Turismo
- Barrancas del Cobre

- Instituto Chihuahuense de la Cultura

- Diario de Chihuahua

7 comentarios:

Flora Isela Chacón ha dicho

muy buenos tus relatos, he visto el de esta fecha pero no sé si tienes más actuales, de cualquier manera felicidades

Caballero Pedaleante ha dicho

Gracias por la felicitación Flora.
Tengo más relatos de vivencias en la Sierra Tarahumara.
Quizás algún día me tome el tiempo para publicarlos. De momento seguirán en mi mente y, lo más importante, en mi corazón.
Saludos.

Marcelo Gerardo Sánchez Soto ha dicho

Facundo, no te imaginas cómo disfruto leyendo tus relatos, pero, hace tiempo tenías un viaje posterior a éste, en aventón, donde describes el gran placer de viajar en la bastea de una camioneta, no encuentro ya esos relatos, ¿no los tienes publicados?

Caballero Pedaleante ha dicho

Amigo Marcelo.
Me alegra saber que disfrutas leyendo mis relatos.
Sobre el viaje de aventón que realicé, muy pronto publicaré un blog exclusivo sobre aquella experiencia. Te enviaré un correo anunciándotelo.
Lo último que he publicado acerca de mis viajes a México es
http://viajemexico2009.blogspot.com/
donde cuento las experiencias de mi último viaje a México, realizado en octubre-noviembre de 2009.
Saludos y que te vaya bonito.

2target ha dicho

a quien le diste la rojigualda Facun? no tomaste fotos? bonita historia

Saludos de Beto de GDL

Caballero Pedaleante ha dicho

Qué onda mi Beto.
La rojigualda se quedó para los chavos y chavas de la escuela de Rejogochi (Chih.)
De bien nacidos es ser agradecido y las gentes de Rejogochi se portaron muy bien conmigo.
No tomé fotos del acto de entrega. Sólo recuerdo que aquel día estaba lloviendo a mares en aquel rincón de la Sierra de Chihuahua.
Saludos hasta Guadalajara.

Maggy Grajeda ha dicho

Es increíble como uno puede recorrer contigo el camino con tan sólo leer de tus letras... un abrazo desde Chihuahua...