domingo 11 de abril de 2004

Ay Papantla

Del 3 de Marzo al 10 de Abril de 2004

Exhibición de los Voladores de Papantla en el exterior de la Zona Arqueológica de El TajínPor fin me liberé de todos mis miedos y decidí saltar al vacío. Bonita sensación la de descender girando como trompo desde el cielo hasta el suelo. ¿Cómo ven?
Evidentemente, yo no me siento capaz de emular a los voladores de Papantla pero créanme si les digo que cuando uno observa su exhibición siente una sana envidia por ocupar su lugar. Sin duda, se trata de uno de los rituales que más me fascina de este país.
Pensé que resultaría más cómodo quedarme a descansar en Poza Rica que en Papantla así que desde Tecolutla puse rumbo a "la petrópolis" Cuando llegué tuve serias dudas acerca de lo acertado de mi decisión pues llegué a una ciudad grande y ruidosa, tan grande como fea y con unas tarifas de alojamiento injustificadamente elevadas.
Exhibición de los Voladores de Papantla en el exterior de la Zona Arqueológica de El TajínComo no tenía ganas de pedalear, agarré en Poza Rica el camión que cubre la ruta Poza Rica-Tajín-El Chote-Papantla que me llevó hasta la mera puerta de la Zona Arqueológica de El Tajín. Fue allí donde presencié la exhibición-espectáculo de los voladores de Papantla. El tradicional poste de madera ha sido sustituido por uno metálico con peldaños finamente construidos. Aunque el espectáculo no es de paga, quienes intervienen en él (cuatro voladores, un músico y el que pasa la charola) solicitan cooperación entre las personas que asisten al mismo.
Zona Arqueológica de El TajínEl Sitio Arqueológico está bonito. Junto con Teotihuacán y Palenque es uno de los más hermosos que he conocido. El día que yo lo visité (Jueves 4 de Marzo de 2004) había mucha actividad pues estaban realizando trabajos de acondicionamiento para la celebración de la Cumbre Tajín 2004 (18 al 21 de Marzo de 2004), un festival dizque cultural que reúne año con año a miles de visitantes y que también es objeto de numerosas críticas por parte de los habitantes de las comunidades cercanas a la Zona Arqueológica, quienes se quejan de que los ingresos generados por el evento no repercuten en ellas. Por otro lado, están las voces que afirman que un Sitio Arqueológico no es lugar apropiado para esta clase de montajes. De Poza Rica seguí para Tuxpan pero como allí no encontré un lugar digno y a precio razonable donde quedarme continué hasta Tamiahua, un tranquilo y agradable pueblito costero de la Región Huasteca donde me estaba esperando un exquisito caldo de arroz con ostiones.
Camino de Tampico y con el frente frío número nosécuántos como molesto compañero de viaje encontré Naranjos, un lugar tranquilo aunque sin nada especial. Faltaba únicamente pedalear los 115 kilómetros que separan Naranjos de Tampico para dejar tierras veracruzanas e incursionar en el estado de Tamaulipas. Había pasado algo más de un mes desde que Coatzacoalcos me dio la bienvenida a tierra jarocha y la impresión que me llevaba del estado de Veracruz era buena, con algunas excepciones claro. Mucha diversidad esconde ese estado de silueta tan alargada. Aunque me hubiera gustado conocer por el rumbo de Orizaba y la Sierra de Zongolica, toda ruta termina por excluir finalmente algo y en la nuestra esos dos lugares fueron los sacrificados.
A Tampico llegué con serias dudas, con el temor de encontrar una ciudad ruidosa, fea y sucia. Sin embargo, afortunadamente para mí, encontré una ciudad agradable, con un Centro Histórico muy cuidado y en el que se localizan hermosos edificios. También visité la laguna de El Carpintero, un hermoso espacio donde habitan cocodrilos y a cuyo alrededor se encuentra el Parque Metropolitano. Tras probar las famosas tortas de la barda (están sabrosas) llegó el momento de poner rumbo a Ciudad Victoria, la capital del estado de Tamaulipas, en una ruta que me llevó a conocer Ciudad González, Ciudad Mante y Llera de Canales.
En Ciudad Mante me agarró la noticia de las explosiones en los trenes de Madrid (11 de Marzo de 2004). El caso es que caí en uno de esos raros casos de hoteles económicos que cuentan con televisión por cable y a través del Canal Internacional de Televisión Española pude seguir la magnitud de la tragedia y las mentiras pronunciadas por "el del bigotito de dictador" y sus secuaces. A Ciudad Victoria creo que no le dediqué el tiempo necesario. Pensándolo bien, en las tres últimas capitales de estado por las que había pasado en mi camino (Villahermosa, Xalapa y Ciudad Victoria), por diferentes razones, había sentido más ganas de marcharme que de quedarme. En el caso de Ciudad Victoria creo que fue la impresión inicial de que allí no había mucho para conocer lo que me motivó a continuar mi camino rumbo a la Sultana del Norte.
Las localidades en las que tuve que pernoctar en mi camino a Monterrey, ya en tierras neoleonesas, no se distinguieron precisamente por contar con hoteles económicos. Tanto Linares como Montemorelos se encargaron de mostrarme el lado amargo del hospedaje mexicano: hoteles rondando los doscientos pesos ofreciendo lo mismo que suelen brindarme normalmente los de a cien.
Qué sensación más extraña experimenté al llegar a lomos de la rojigualda a la segunda ciudad más grande de la República Mexicana. Tantos puentes, tantos carros, tantas moles de concreto... terminaron por intimidarme.
La Villa Adolfo Prieto en el Parque Fundidora resultó una opción de alojamiento económica, además de una oportunidad para conocer el gran museo en honor a la decadencia industrial que simboliza el Parque, un maravilloso espacio recuperado para el uso y disfrute de los ciudadanos de Monterrey que cuenta en sus instalaciones entre otras cosas con: un auditorio, un lago, un hotel (no precisamente de los de a cien pesitos), una pista para correr, pedalear, pasear o celebrar carreras de carros, un centro de negocios, una cineteca y un museo.
Si el Parque Fundidora me sorprendió, todavía lo hizo más montarme en el Metrorrey. Para empezar, allí no había una taquilla donde comprar tu boleto sino una máquina que los expendía. Qué extraño resultaba viajar en metro sin tener que entrar al vagón a empujones, sin que los vidrios estuvieran rayados, sin que el trayecto fuera un desfile ininterrumpido de vendedores de objetos de dudosa utilidad. Uno de los lugares que más me gustó de la ciudad fue el Barrio Antiguo, con muchos antros y cafés de aspecto interesante. Por lo demás, a la Macroplaza no le encontré el chiste y llegué a la conclusión que aquella ciudad era el prototipo del México que a mí no me gusta pero muy a mi pesar es el espejo donde desearían reflejarse todas las ciudades de la República en pos de la siempre cuestionable modernidad.
Para recibir la primavera tenía yo previsto pedalear aquel domingo 21 de marzo de 2004 hacia Saltillo. Más que nada porque era día domingo y era preferible salir de allí en día feriado. Sin embargo, el día resultó tan primaveral que se pasó horas y horas lloviendo, obligándome a aplazar mi marcha, con lo que en la jornada siguiente tuve que lidiar con los carros, camiones y demás vehículos autopropulsados que parecían no querer cederme el mínimo espacio que necesitaba para pedalear.
La capital del estado de Coahuila, Saltillo, me recibió con un cielo gris que amenazaba lluvia. Me dirigí a las oficinas del Instituto Estatal del Deporte en el Parque Ecológico El Paraíso para solicitar hospedaje en la Villa Deportiva. Me hicieron redactar un escrito exponiendo los motivos que le habían llevado al caballero pedaleante a acudir a aquella institución y después de recibir el visto bueno del Lic. Carlos Ayala Espinosa me brindaron la cortesía de tres días de hospedaje y alimentación en la Villa Deportiva del Parque Venustiano Carranza. Y eso no fue todo porque además me obsequiaron dos playeras y una cachucha para que pasease el nombre de Coahuila por las carreteras y caminos de la República Mexicana.
Tanto el personal como atletas y entrenadores de la Villa Deportiva fueron exquisitamente amables conmigo. De Saltillo recordaré siempre la gran cantidad de industria, sobre todo del ramo automotriz, que encontré en la periferia de la ciudad. Me gustó su Centro Histórico y sus habitantes hicieron honor de aquella expresión que utilizaba la profesora Blanca: "la gente buena y sencilla del norte"
Visité el Museo del Desierto en el Parque Las Maravillas, un lugar muy padre en el que el precio del boleto de acceso me pareció francamente exagerado. Pletórico de energía, tras las buenas sensaciones experimentadas en Saltillo, seguí mi camino rumbo a Parras de la Fuente por una solitaria carretera (la que pasa por General Cepeda) que discurre en medio de un paisaje semi-desértico y que en alguno de sus tramos me hizo recordar mis andanzas por Baja California.
En Parras de la Fuente nació Francisco Ignacio Madero González, uno de los protagonistas de la Revolución Mexicana y es una lástima que no exista un módulo de información turística en el centro de la ciudad para orientar a los visitantes.
Me encontraba a 165 kilómetros de Torreón y como no deseaba llegar exhausto, hice un alto en San Pedro de las Colonias para en la jornada siguiente llegar a una ciudad que me sorprendió por sus dimensiones y donde encontré alojamiento económico y sin ruidos en el mero Zócalo. Un auténtico milagro.
En Torreón, el corazón de la llamada Comarca Lagunera porque en otro tiempo existían tres importantes lagunas (Viesca, Mayran y Tlahualilo), visité el Museo Regional de La Laguna en el Parque Venustiano Carranza.
Cada vez estaba más cerca del estado grande, de Chihuahua, pero primero era necesario recorrer un cachito del estado de Durango. En Ceballos sentí la tentación de dirigirme a la Zona del Silencio, una curiosa región en la intersección de los estados de Coahuila, Durango y Chihuahua, donde se producen fenómenos curiosos relacionados con la interrupción en la transmisión de las señales de radio, donde "el tiempo se detiene" (los relojes dejan de funcionar) y donde los meteoritos tienen cierta predilección para caerse. Pero el calor estaba canijo y había leído que se trataba de un paraje semi-desértico, así que opté por continuar mi camino ruidoso.
La carretera de cuota entre Ceballos (Dgo.) y Jiménez (Chih.) parece un canto a la soledad. Por un lado, son pocos los carros y camiones que optan por esta vía pues la mayoría se van por la libre y por otro, durante cien kilómetros no hay absolutamente nada (pueblos, tiendas, gasolinería). Tan sólo un paisaje semi-desértico que invita a la contemplación, la reflexión y el ensimismamiento, del que uno sale cuando se le poncha la llanta de su bicicleta... DESPUÉS DE DOS MIL KILÓMETROS SIN HABER TENIDO UNA INCIDENCIA DE ESE TIPO.
Jiménez fue la primera ciudad que conocí en el estado de Chihuahua y de ella me gustaron el Palacio Municipal y la escultura de la Plaza Principal que hacía referencia a la Ruta de la Libertad de Hidalgo.
Escultura en la Plaza Principal de JiménezPalacio Municipal de Jiménez












De Jiménez marché a Camargo, la ciudad natal de Enrique Carbajal "Sebastián" (el escultor) y David Alfaro Siqueiros (el muralista), quienes posiblemente se inclinaron por el mundo del arte para evadirse de la realidad camarguense. Tenía yo interés en conocer Delicias pues alguien la nombró como uno de los pueblos más bellos de México. Mi opinión es que se trata de una ciudad nueva, bien diseñada y limpia pero la belleza... yo no la encontré por ningún lado.
Ochenta y cuatro kilómetros escasos me separaban de la ciudad de Chihuahua y fue hermoso cuando apareció en mi camino "La Puerta de Chihuahua", monumental obra de Sebastián que mezcla la escalinata prehispánica y el arco colonial. Aquello simbolizaba el final y el comienzo de algo. Allí estaba Chihuahua, solitaria porque sus habitantes la habían abandonado con motivo de las vacaciones de Semana Santa.
Puerta de Entrada a la ciudad de Chihuahua
Pero todavía era necesario pedalear otro cachito más para poner fin a quince meses de vida vagabunda. Había que buscar las montañas y la naturaleza para cerrar el círculo. Tenía que contarle a la madre tierra cómo me había ido en mi particular peregrinaje por tierras aztecas. Tenía algunas preguntas para ella y muy pocas respuestas.
En el último relato viajaremos a las montañas de Chihuahua, a la Sierra Tarahumara, donde uno se siente más cerca del cielo.
Facun.

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