Antes de llegar al puerto me detuve en el Paseo de la Playa de Boca del Río, municipio conurbado de Veracruz. Mientras estaba fumándome un cigarrillo se acercó un chavo montado en su bicicleta. Me llamó la atención lo impecable de su vestimenta de ciclista. Aquel cuate parecía estar haciendo modelaje por el Andador.
- ¿De qué parte de España viene usted? - me preguntó directamente.
En un país donde la mayoría de las personas, antes de conocerme, piensan que soy gringo, me sacó de onda que aquélla fuera su primera pregunta, sin que yo hubiera abierto mi boca.
- Oiga jovenazo, ¿por qué piensa usted que yo vengo de España?
- Porque el fabricante de su bicicleta (Orbea) es español.
- No, pues ya se ve que usted es conocedor en el tema de las bicicletas.
Aquel tipo resultó ser un fanático de las bicicletas y en razón de la conversación que mantuvimos deduje que tenía un chingo de lana. Me dio una conferencia magistral acerca de bicicletas, publicaciones sobre bicicletas, accesorios para bicicletas, normativa para la importación de artículos para bicicletas desde Estados Unidos y temas por el estilo.
Curiosamente, en ningún momento se interesó por nuestra bici-pato-aventura ni preguntó si me hacía falta algún tipo de ayuda. Cuando terminó su brillante disertación se despidió y continuó paseándose por el malecón.
- Oye güerito, ese chavo... como que hablaba raro ¿no? - me preguntó la rojigualda cuando se marchó "el erudito"
- La neta, yo no le he entendido nada.
- ¿No crees que, a pesar de todo, nos ha dado una lección?
- ¿Lección? ¿Cuál lección?
- Pues está claro. En este país, quienes siempre nos han echado la mano en nuestro camino, son aquellos que apenas tenían nada. Aquellos que compartieron sus frijolitos, sus tortillas o sus espaguetis. Aquellos que nos hicieron un hueco en sus casas aunque para ello tuvieran que apretujarse un poco más. De los otros, de los que presumieron de sus propiedades, de los que de tan fresas ni siquiera parecían mexicanos, tan sólo recibimos palabras.
- No pues sí rojigualda. Tienes razón, mejor vamos a buscar un cuartito.
Buscar un cuarto económico en la ciudad de Veracruz a escasos días de que iniciase su gran fiesta fue tarea complicada. Comencé a investigar en los hoteles del centro de la ciudad y fui preguntando de uno en uno. Muchos de ellos se encontraban completos para esas fechas y en otros no aceptaban reservaciones, prometiendo precios abusivos que yo no podía pagar.
La situación me hizo recordar los problemas a los que se enfrentan las personas que llegan a la ciudad de Pamplona con motivo de sus mundialmente conocidas fiestas en honor a San Fermín (del 6 al 14 de julio). Me fui alejando del centro y, cuando ya me estaba planteando marcharme de allí y dejar a un lado los festejos de Carnaval, encontré una Casa de Huéspedes que más o menos.
Por momentos pensé que un Estrella Blanca o un Ómnibus de México se iba a presentar en mi cuarto pues tal era la cercanía de mi "hotel" con la Central Camionera. Pero era necesario sacrificarse tantito para poder asistir en vivo y en directo a la celebración del Carnaval 2004.
Mis días en Veracruz transcurrieron plácidamente. Aprovechaba las mañanas para pasear por la ciudad y visitar algunos lugares, las tardes para asistir a las actividades relacionadas con el Carnaval y las noches, "cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar", para deambular "en busca de una gatita en esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar"
Y llegó el gran día. Sábado 21 de Febrero de 2004, primer desfile de Carnaval. Una comitiva de cuarenta carros alegóricos desfila ante mis ojos (y los de miles de personas más, claro) por el bulevar Ávila Camacho (rebautizado por algunos como "el nalgódromo") en un recorrido de aproximadamente ocho kilómetros. El espectáculo de luz y sonido es impresionante pero aún así es eclipsado por las mamazotas que mueven sus cuerpos derrochando sensualidad. La noche se inunda de tarros de cerveza, de cigarros que dan risa, de proposiciones honestísimas, de susurros y de caricias. La arena de la playa se transforma en improvisado catre para los amantes furtivos y la luz del alba despierta a los cuerpos cansados y gastados de tanto "amor"
Consciente de que allí no había mucho más por hacer me despedí de una ciudad ruidosa en la que encontré un pequeño paraíso (la Plazuela de la Lagunilla). Me marché de la ciudad y puerto de Veracruz sin haber probado los volovanes pero habiendo dado buena cuenta de las picadas de guisados, sin haberme sentado a tomar café en La Parroquia pero acudiendo diario a comer al Restaurante Lichita, sin conocer el alma de las jarochas pero habiendo tenido una probadita de su cuerpo.
El Carnaval llegaba a su recta final. Ese Carnaval al que en mi modesta opinión le sobran gradas y graderos, le falta más participación popular, le sobra el señor alcalde y su esposa, le falta la señito de la colonia San Rafael disfrazada de vampiro, le sobran los carros alegóricos patrocinados por, le faltan los carros construidos con el ingenio y la participación de los jarochos (a huevo), le sobra lana y le falta imaginación.
La semana de Carnaval y "los excesos" cometidos se hicieron notar cuando, en una jornada particularmente calurosa, tuve que recorrer los cien kilómetros que separan las ciudades de Veracruz y Xalapa (la capital del estado) y salvar los mil cuatrocientos metros de desnivel existente entre ambas. Comprenderán entonces si les digo que llegué a la capital del estado de Veracruz exhausto, con calambres en las piernas, dolor de riñones y completamente afónico. Afonía que no me impidió por otro lado pronunciar claramente aquello de "Con todos mis respetos señor, vayan a chiflar a su mauser. Mejor me compro una torta" cuando en el módulo de información turística solicité un plano de la ciudad y el encargado me dijo que costaba quince pesos.
Sin duda aquel tipo no estaba acostumbrado a que los turistas se la mentaran y puso cara de sorprendido. Entre pedir audiencia con el presidente municipal de la ciudad para mentársela directamente o saborear los tamales de doña Rosita me incliné por esta última opción y los días en Xalapa transcurrieron en un imaginario mundo de tamales, las picaditas del mercado y el café de olla con piloncillo de don Cosme. En el mundo real continuaba el chipi-chipi y el pinche ruido que generaban los camiones del transporte urbano circulando por la Úrsulo Galván.
La incertidumbre de encontrar alojamiento económico en Xico hizo modificar mi ruta y escalar los mil metros de diferencia de altura existente entre Xalapa y Perote. La silueta del Cofre suponía una tentación para mí pero finalmente decidí reservar mis fuerzas y en la mañana siguiente busqué nuevamente la costa del Golfo de México.
Tras descender alrededor de unos dos mil metros en 75 kilómetros llegué a Martínez de la Torre, donde mi más temible enemigo (el ruido) me estaba aguardando. Estoy harto de tanto pinche ruido, quiero un lugar tranquilo y solitario, donde no tenga que convivir con las extraordinarias ofertas de Abarrotes Gómez anunciadas a través de sus bocinototas, donde ese pobre diablo que maneja la ruta 3 no tenga que pasar a todas margaritas por la calle donde malvivo para que al final de la jornada le salga la cuenta, donde aquel energúmeno no le pegue a su vieja.
En Playa Maracaibo (Nautla) encontré por fin un poco de tranquilidad y observar cómo las olas del mar rompían contra las rocas me relajó mucho, del mismo modo que lo hizo pedalear con rumbo a Tecolutla a través de la llamada Costa Esmeralda que me ofreció una sucesión de hoteles de diferente categoría a lo largo de la línea costera.
Tecolutla es un pequeño centro turístico, la gente es amable y en mi paseo por su playa volví una vez más a constatar cuánto les gusta a mis amigos mexicanos eso de comer y beber a la orilla del mar. También yo terminé por contagiarme de sus usos y costumbres. Me senté, pedí una orden de camarones, una chela y me relajé pensando en mi próximo destino: El Tajín.
En el próximo relato les platicaré tantito sobre ese lugar.
Facun.
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