Camino de Palenque, además de los carteles que anunciaban "Está usted en territorio zapatista", encontré dos lugares hermosos en los que el agua, ese elemento del que carecen en algunas partes de la República, era el protagonista principal: el Parque Ecoturístico Cascadas de Agua Azul y la Cascada de Misol-Ha.
Dos lugares y dos conceptos diferentes, como diferente parece ser la concepción para aprovechar económicamente los recursos naturales por parte de los ejidatarios de ambos lugares. En Agua Azul encontré una gran concentración de visitantes, una caseta de acceso "pirata" que precedía a la oficial y una sobredimensionada oferta gastronómica en forma de comedores que parecían querer robar el protagonismo a lo esencial de aquel lugar: el agua azul. En Misol-Ha, por el contrario, encontré una menor afluencia de visitantes, una única caseta de acceso donde estuve platicando con Sebastián, el chavo que estaba a su cargo, y un único y elegante restaurante de sólida y bella construcción donde saboreé unos exquisitos chilaquiles.
Ya faltaba poquito para llegar a Palenque. Quienes piensen que cubrir en bicicleta los algo menos de doscientos kilómetros que separan las ciudades de San Cristóbal de las Casas y Palenque es un mero paseo en razón de la diferencia de altura existente (San Cristóbal está mucho más alto que Palenque) les diré que están en un grave error, igual al que estaba yo y que tuve oportunidad de comprobar mientras batallaba con la rojigualda por aquella carretera que, en alguno de sus tramos, literalmente se rompía y quedaba reducida a un único carril.
Si no fuera por la presencia de su Zona Arqueológica, una de las más bellas que he conocido en México, ¿quién repararía en un lugar como Palenque? ¿Dónde se destinan los ingresos generados por la constante llegada de visitantes a una ciudad que ni siquiera es capaz de mantener un Zócalo en buenas condiciones?
El Palenque que yo conocí por primera vez aquel mes de agosto del año 2000 poco tenía que ver con el de finales de enero de 2004. La razón: el clima, la primera ocasión un calor axfisiante, en esta segunda una temperatura muy agradable.
Palenque implicaba la necesidad de tomar una decisión importante para la continuidad de nuestra bici-pato-aventura. Tres opciones y una única decisión. La primera opción consistía en pedalear a través de la carretera pavimentada que sigue el curso de la frontera con el vecino país de Guatemala, visitando las Zonas Arqueológicas de Bonampak y Yaxchilán para culminar en los lagos de Montebello (unos cuatrocientos kilómetros). Una segunda posibilidad era dirigirme desde Palenque hacia la península de Yucatán (estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo) por un trazado que todo mundo afirmaba era extraordinariamente parejo y una región que en nada se parecía a todo lo que hasta ese momento había conocido. Y, por último, existía una tercera posibilidad: pedalear con rumbo a la ciudad y puerto de Veracruz para asistir a su famoso carnaval.
Aunque nadie me prohibió continuar pedaleando por el estado de Chiapas o dirigirme hacia la Península de Yucatán, finalmente decidí poner rumbo a Veracruz
¿El motivo? Por un lado no pude vencer mis miedos para aventarme hacia Bonampak-Yaxchilán-Lagunas de Montebello. Por otro, las noticias que recibía acerca de la Península de Yucatán (calor, precios elevados y mucho turismo gringo) guardaban sospechosas similitudes con episodios que ya había vivido en Baja California y no deseaba volver a pasar por tan traumática experiencia.
Por todo ello aquel primer día de febrero del año 2004 puse rumbo a la ciudad de Villahermosa, capital del estado de Tabasco. Los 141 kilómetros que tuve que pedalear aquella jornada hicieron que llegase exhausto a una ciudad cuya primera imagen fue el horroroso Mercado Pino Suárez con un ruido insoportable. A continuación, una serie de hoteles cuya reputación descansaba en las seis primeras letras de esa palabra.
Para no hacerles el cuento largo les contaré que durante mi breve estancia en la ciudad de Villahermosa me fue como en feria, es decir, mal y llegué a la conclusión que lo mejor que podía hacer era poner tierra de por medio cuanto antes, es decir, marcharme.
Verdaderamente fue meteórico mi paso por el estado de Tabasco. Si de Villahermosa escapé como alma que lleva el chamuco, en la Heroica Cárdenas no encontré nada reseñable. Ignoro los atractivos con que cuenta este estado de la República de nombre tan curioso para mí. Sólo espero que mi amigo "El Peje" haga un paréntesis en su carrera de presidenciable para el 2006, deje descansar por unos días a los periodistas que a diario se desmañanan para cubrir su conferencia matutina, se tome unos días de descanso en la grilla política y se venga a su tierra natal para que vayamos a dar la vuelta.
Coatzacoalcos fue la primera de las numerosas ciudades que conocí a lo largo (y nunca mejor dicho lo de "a lo largo" porque la silueta del estado de Veracruz es bien alargada) de mi recorrido por tierras veracruzanas. Una ciudad que significaba para mí contemplar por primera ocasión las aguas del Golfo de México desde un lindo malecón.
Camino de Minatitlán (una ciudad cuya economía parece depender de la refinería petrolera) comencé a experimentar en carne propia un fenómeno del que había escuchado con anterioridad: el norte. No se trataba de un ritmo musical sino del viento, que dificultaba mi avance.
Tras un breve paso por Acayucan el terreno comenzó a volverse montañoso. Comenzaba la Sierra de Los Tuxtlas y mi destino inmediato era Catemaco, lugar conocido por dos motivos: su laguna y sus brujos. Desde que en Palenque (Chis.) había decidido poner rumbo a Veracruz tenía yo ganas de regresar a Catemaco, lugar que había conocido de pasadita con motivo de un viaje a la Reserva de la Biosfera de Los Tuxtlas en la Navidad de 2002.
La laguna estaba preciosa, con una bruma que le proporcionaba un toque misterioso, cuya tranquilidad únicamente se veía interrumpida por las voces de los pescadores que un día dejaron a un lado las redes y los aparejos para integrarse a la profesión de lancheros, hoy enfrentados a las leyes del mercado y la desmesurada competencia.
Además de por su laguna, Catemaco es conocido por ser tierra de chamanes, brujos, curanderos y oficios afines. Sin embargo, los brujos "de adeveras" creo que no eran aquellos que perseguían a sus potenciales clientes en las inmediaciones de la plaza principal.
Tendidos como bandidos nos dirigimos a la ciudad y puerto de Veracruz. Las celebraciones del Carnaval 2004 nos aguardan en la capital jarocha. De todo ello tendrán cumplida información en nuestro próximo relato.
Facun.
Otros enlaces de interés:
- Mapa del estado de Chiapas
- Guía Oficial de la Secretaría de Turismo del estado de Chiapas
- Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas
- La ventana a la Frontera Sur
- Mundo Chiapas
- Enlace Zapatista
- Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Acción Comunitaria
- Escuelas para Chiapas
- Diario de Chiapas
- Centro de Medios Independientes, Chiapas
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- El Heraldo de Tabasco
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- Instituto Veracruzano de la Cultura
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- Bienvenidos a Catemaco
- Veracruz en bicicleta
- Voz del Istmo
- Diario Eyipantla Milenio
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