Aquí les presento el Desierto de Altar, un desierto muy bien plantado que diría mi amiga Blanca. No, pues estuvo bueno eso de salir de la Baja California y encontrarme tan prontito en mi camino otro territorio, no menos áspero e inexorable.Pero antes de ello primero tuve que abandonar Mexicali y llegar a San Luis Río Colorado. Algo más de setenta kilómetros por una supuesta carretera dividida de dos carriles por sentido que en la práctica se convertía en uno por los trabajos de construcción que estaban realizando. Yo iba combinando los tramos de pavimento con los de terracería que en un futuro también estarán pavimentados.
Así llegué hasta el puente (de cuota) a la entrada de San Luis. No pregunté si las bicicletas también pagaban aquel extraño tributo y me fui por un lateral caminando. Dicen que San Luis Río Colorado es la tercera ciudad en importancia del estado de Sonora. La impresión que yo me llevé fue la de una ciudad fronteriza, tan grande como fea, con una "pujante" industria maquiladora (ensambladora) y un gobierno municipal ávido por atraer nuevas inversiones hasta sus dominios.
En cuanto al alojamiento, bastante caro. Tuve mala suerte y el lugar más económico que encontré (Hotel Económico. Avenida Libertad 50 y calle 5) se encontraba completo. Así que me tuve que mochar con doscientos pesitos para dormir en una camita. Dicen que es el aire acondicionado el responsable de que los precios se incrementen. Como son aparatos de alto consumo energético y las tarifas de la CFE (Comisión Federal de Electricidad) no entienden que en ese lugar el aire acondicionado no es un lujo sino un artículo prácticamente imprescindible...
De San Luis poquito que contar. Me llamó la atención que allí la barda (el muro) que separa a los vecinos gringos de los mexicanos tenía también su función publicitaria, lo que le daba un mayor colorido. Y por otro lado, al igual que en los otros tres lugares fronterizos que había conocido en Baja California Norte (Tijuana, Tecate y Mexicali), encontré mucha gente deambulando y muchos lugares para "ahogar las penas"
Los doscientos kilómetros que separan San Luis Río Colorado de Sonoyta pensaba yo cubrirlos en dos jornadas pero la cruda y dura realidad del paisaje desértico que me rodeaba y las altas temperaturas me aconsejaron tomármelo con más calma.

Para quienes deseen echarse en bicicleta el "recorrido turístico" por el Gran Desierto de Altar y la Reserva de la Biosfera El Pinacate, aquí les paso los puntos de avituallamiento que yo utilicé (hay unos poquitos más), todos ellos ubicados al pie de la carretera federal #2. Tengan en cuenta que en San Luis está el kilómetro 200 y en Sonoyta el kilómetro cero. Café Cesar's (Km. 171), Café La Joyita (Km. 129), Café Lupita (Km. 97), Restaurante El Vado (Km. 88), Restaurante Los Vidrios (Km. 60), Café Álamo (Km. 50), Café Oasis (Km. 35), Café Rudy (Km. 18.5) y Restaurante El Trocadero (Km. 9).A descansar y dormir me quedé en el Km. 139 (un antiguo Café abandonado pero con un buen techo) y en el Km. 60 (Restaurante Los Vidrios, donde el señor Roberto Alvarado me dejó quedarme en una casa que está junto a su negocio).
Qué quieren que les cuente de esos doscientos kilómetros. Muchísimo calor, un maravilloso paisaje para disfrutarlo desde el interior de un carro con aire acondicionado pero no desde la rojigualda y una carretera que, a pesar de ser angosta, no presentaba tanto volumen de tráfico como para resultar peligrosa para las bicicletas (tremendamente optimista me estoy volviendo yo en este país).
A lo largo de ese trayecto, que discurre en paralelo a la línea fronteriza que separa los estados de Arizona (EUA) y Sonora (México), pensé mucho en los migrantes mexicanos. Qué pobre gente, qué desesperados han de estar para cruzar al otro lado a como dé lugar. Y tras tres jornadas de calor y hoteles de un millón de estrellas llegué a Sonoyta, con unas ganas enormes de darme un regaderazo y tumbarme en una cama (¿me estaré aburguesando?). Lo del alojamiento en Sonoyta estuvo complicado. Conocí dos opciones principalmente: una, los cuatro o cinco hoteles que hay en el lugar y cuyas tarifas eran superiores a los 250 pesos; la otra, las denominadas casas de huéspedes (rumbo a la línea fronteriza con Lukeville hay varias), a las cuales en Sonoyta les han dado un toque especial. En lugar de ser los tradicionales cuartos chiquitos e individuales de las casas de huéspedes que yo había conocido hasta ese momento, lo que encontré en Sonoyta fueron varias casas de huéspedes que contaban con un único cuarto, bien grandote y con numerosos colchones en el suelo, donde la mayoría de los huéspedes eran chavos con cara de asustados esperando su turno para pasar al otro lado.
Me dio tanta tristeza todo aquello que decidí quedarme en un hotel pero más tarde, pensándolo mejor, llegué a la conclusión de que me había equivocado, que a nuestra bici-pato-aventura le hacía falta conocer un lugar como aquellas casas de huéspedes orgullosamente sonoytenses y convivir con aquellas gentes que soñaban con una vida "mejor" a la que tenían en el México lindo y querido. Pero a mí lo que me hacía falta en aquel momento era un poco de intimidad y finalmente triunfaron el individualismo y las costumbres burguesas. Snif.
De Sonoyta poco que contar: muchos gringos comprando en las tiendas de curios (digo yo que serán de curiosities), pagando los tacos de a dólar y desayunando enchiladas. Y en cuanto a los hoteles: precios injustificadamente altos, necesidad además de dejar una fianza y la hora de salida extrañamente temprana (las once en el que yo me quedé). En fin, que lo tienen todo.
Sonoyta supuso el adiós a la frontera pues a partir de aquí nuestro rumbo viró y de ahora en adelante espero que sea decididamente sur. Algo he aprendido en estas últimas semanas sobre "la dinámica del intercambio comercial fronterizo", la frontera como zona "idílica" de desarrollo, los polos de desarrollo económico, industrial y turístico ubicados en la frontera, las maquiladoras que logran índices de desempleo casi nulos pero pagando salarios miserables a sus empleados... Sin embargo, en mi mente quedará grabada una imagen de la frontera: la cara asustada de quienes se la juegan para pasar al otro lado, tratados como si fueran delincuentes, cuando su único "delito" es el de buscar un futuro económico mejor para sus familias.
Me planteé ir a visitar Puerto Peñasco (a cien kilómetros de Sonoyta), antiguo pueblo de pescadores emplazado a la orilla del Mar de Cortés, pero cuando leí que se trataba de un atractivo centro turístico que aspiraba a convertirse en un destino de la categoría de Los Cabos o Puerto Vallarta exclamé: ¡Vade retro Satanás! ¡Vámonos tendidos pa' Caborca!

Ciento cincuenta kilómetros que dividí en dos jornadas porque con el calorón que hacía no era cuestión de tentar mi suerte. El paisaje cambió de forma radical. Las cactáceas seguían presentes pero lo que más abundaba era la vegetación, impecablemente verde, el pasto y algunos árboles que incluso proporcionaban algo de sombrita. Para qué contarles más, aquello era un auténtico oasis. De la emoción que sentía, hasta ganas de llorar me entraron.
En San Emeterio (a 27 kilómetros de Sonoyta) encontré un control de aduanas en el que no me hicieron detenerme. Los lugares donde poder comprar un refresco abundan en los primeros 42 kilómetros (hasta Villa Hermosa) pero a partir de aquí son prácticamente inexistentes. Yo me quedé descansando en el kilómetro 168 (San Luisito), a 84 kilómetros de Sonoyta y 65 de Caborca. En ese lugar encontré un pequeño café-restaurante. En el último tramo de 65 kilómetros que realicé para llegar a Caborca apenas encontré un café a unos veinte kilómetros de San Luisito y una gasolinería cuando faltaba ya muy poquito para llegar.En Caborca me quedé en el motel Alvarado (Álvaro Obregón 88 Este). De Caborca me llamó la atención la cantidad de magníficas casas que vi durante el paseo que di por el lugar. Al parecer, allí había mucha gente a la que la vida le sonreía, cuando menos en el aspecto económico. El origen de esa prosperidad era incierto.



Había leído que "Caborca ostenta el título de Heroica porque el 6 de abril de 1857 el Templo de Pueblo Viejo fue testigo de una hazaña gloriosa, al rechazar los habitantes del lugar encerrados en el templo, una invasión filibustera al mando del norteamericano Henry Alexander Crabb; inclusive, los impactos de las balas, pueden apreciarse en la fachada exterior. Actualmente, funciona como centro cultural con un pequeño museo anexo y una gran explanada al frente"
Acudí a visitar el lugar, emplazado en la Plaza Monumental Héroes de Caborca. El templo lo encontré cerrado, el pequeño museo anexo al supuesto centro cultural no logré determinar dónde se encontraba y de mi "inspección" de la fachada llegué a la conclusión de que los orificios que presentaba, bien podrían ser resultado de impactos de bala o de cualquier otro proyectil. De modo que me entretuve viendo cómo los trabajadores del municipio se afanaban en colocar los adornos para la celebración de las Fiestas Patrias del 16 de Septiembre, conmemoración de la Independencia de 1810, además de recorrer aquella plaza de distribución tan extraña pero que me gustó mucho.Por delante estaban los poco más de cien kilómetros para llegar a Santa Ana y alcanzar la temida carretera México-Nogales. Los ciento y cacho kilómetros los cubrí a buen ritmo. Una vez pasada la población de Altar sólo encontré un lugar, a 31 kilómetros de Santa Ana, para comprar un refresco.
En Santa Ana la historia de los hoteles se repitió una vez más: tarifas por encima de doscientos pesos, la única casa de huéspedes del lugar completa... Yo ya estaba un poco harto de todo aquello así que decidí tranquilizarme y aprovechar para comerme unos tacos de asada. Platicando con el señor de los tacos me comentó la existencia de un albergue (albergue para transeúntes San Juan Diego) donde daban posada a quien lo necesitaba, de modo que allá me fui. Lo encontré cerrado pero como me dijeron que el encargado venía más tarde esperé en compañía de un teporochito chilango (del barrio de Tepito según me contó) con el que la conversación se hizo más complicada a medida que el nivel de la botella que guardaba celosamente en la bolsa de su pantalón iba descendiendo.
Luego llegaron otros dos tipos, éstos sin signos de alcohol, tipos duros cuyas botas habían recorrido muchos caminos del México lindo y querido y también de la Unión Americana. Tipos con muchas historias que contar acerca del lado sórdido de ciudades como Tijuana. Auténticos aventureros de la vida que deben hacerse respetar para sobrevivir en esos ambientes. Finalmente nos abrieron el albergue, al teporochito lo dejaron fuera y a "los tres mosqueteros" nos encerraron (la puerta del cuarto la cerraron por fuera) en una sala con media docena de literas, un sanitario y dos regaderas.
La noche estuvo tranquila. Ya sólo quedaba un último cachito de algo más de 160 kilómetros para llegar a Hermosillo, la capital del estado de Sonora. Carretera dividida de dos carriles por sentido pero peligrosona debido a la cantidad de tráileres que circulan por ella y la ausencia de arcén lateral. Como no deseaba llegar a Hermosillo totalmente fregado y teniendo en cuenta que en las ciudades grandes resulta complicado pedalear en bicicleta, me quedé a descansar en Benjamín Hill, donde según mis notas se encontraba el único hotel existente entre Santa Ana y Hermosillo. Me dolió pagar los 250 pesos que pagué por quedarme en el Motel Benjamín Hill aunque también debo reconocer que resultó ser el mejor hotel de los que me había quedado hasta ese momento en el estado de Sonora.
Curiosa nuestra bici-pato-aventura. Una noche la pasamos en un albergue para transeúntes y la siguiente en un estupendo hotel de a 250 pesos. Caramba, qué diversidad.
Finalmente, en la mañana siguiente, recorrí el tramo que me faltaba para llegar a Hermosillo. Lo hice a todo dar. Fue uno de esos extraños días en que me sentí perfecto pedaleando en la rojigualda, cuando hombre y máquina forman un binomio casi perfecto que surca el aire cual centella.A 80 kilómetros de Hermosillo (Km. 80) encontré un lugar que me pareció perfecto para elegirlo como punto de descanso para quienes deseen realizar la Santa Ana-Hermosillo en dos jornadas. En ese lugar se encuentra el Restaurante Los Chinos y junto a él un grupo de palapas con mesas y bancos tipo merendero. Lo que más me llamó la atención de aquel lugar fue lo exquisitamente limpio que se encontraba. Si llego a saberlo de antemano, para rato

me agarran enBenjamín Hill. Faltando unos 30 kilómetros para llegar a Hermosillo, si seguimos derecho llegamos a una caseta (cuota). Quienes no quieran pagar la cuota, en la gasolinería deben agarrar hacia Pesqueira. Yo me encontraba cómodo rodando por aquella carretera de dos carriles por sentido así que seguí derecho y cuando llegué a la caseta le di los buenos días al cobrador y me dejó continuar mi camino.
El bulevar Padre Kino fue la puerta de entrada a la ciudad de Hermosillo. Digo yo que un lugar con ese nombre (Hermosillo) no puede ser feo. Pero tiempo tendremos la próxima semana para platicar largo y tendido de todo ello.
Facun.
Otros enlaces de interés:
- Mapa del estado de Sonora
- Comisión de Fomento al Turismo del Estado de Sonora
- Instituto Sonorense de Cultura
- Cultura y Arte en Sonora
- Sonora Mágica
- Caminata por el Desierto de Altar
- Travesía en bicicleta de montaña al Desierto de Altar
- Tribuna de San Luis
- Diario del Desierto
- El Imparcial
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