Amigos que siguen los relatos del caballero pedaleante, logré vencer la dura prueba de pasar el Desierto de Vizcaíno aunque para ello tuviera que ir armado... con una resortera.Tras un último paseo por el malecón de Loreto, donde me quedaba asombrado contemplando el vuelo en picado de las gaviotas zambulléndose en el agua para capturar los pescaditos, una mañana temprano dejé el cuartito que había rentado y puse rumbo a Mulegé.

Los 134 kilómetros que separan Loreto de Mulegé (ningún núcleo habitado) los cubrí a buen ritmo, "gozando" de los rayos de sol que alcanzaban mi casco, mis manos y mis piernas. Dicen que en Baja California no hay robos ni asaltos, que es una zona tranquila en ese aspecto. Sin embargo, yo encontré muchos rateros en mi camino, ratas de dos patas que al frente de supuestos restaurantes, vendían los botes de refresco a diez y doce pesos, el galón (3,785 litros) de agua a 25.
Dejando a un lado a los cacles, el paisaje era muy hermoso, sobre todo al llegar a Bahía Concepción. Una sucesión de playas apareció en mi camino: Requesón, Buenaventura, El Coyote, Burro, Santispac. Playas en las que no sé hasta qué punto su acceso es libre pues en casi todas ellas observé, desde la distancia, que tenían una infraestructura montada en forma de hoteles, cabañas o simples construcciones para protegerse del sol, que me dejaron una razonable duda.Lo mejor era observar los colores del agua, las diferentes tonalidades que adquiría. Zonas prácticamente transparentes se combinaban con otras de un azul profundo, verdoso. Me detuve en varias ocasiones a contemplar la belleza de aquellos lugares mientras tomaba un buchito de agua calientita de mi ánfora y me fumaba un cigarrillo.
Una sensación extraña surgió cuando avisté las primeras casitas de Mulegé. Yo veía la gasolinería y casas diseminadas pero no entendía dónde estaba el lugar en el que me correspondía quedarme

aquella noche. No fue sino después de tres kilómetros cuando encontré algo con cierta unidad, algo parecido a un pueblito. Me quedé en la Casa de Huéspedes Manuelita. De Mulegé, además del medio pollo rostizado que devoré, lo más interesante fue visitar la Misión Santa Rosalía de Mulegé dedicada a Santa Rosalía, patrona de Palermo (Italia) y construida entre 1754 y 1766. Cerquita de la Misión existe un mirador desde el cual se aprecia un extraordinario paisaje en el que los protagonistas son los cerros, las palmeras, el río y el mar.En el trayecto Mulegé-Santa Rosalía (62 kilómetros) me encontré con una larga hilera de carros detenidos. El motivo: como consecuencia de las lluvias caídas los días anteriores un arroyo se había salido de su cauce natural y, caprichoso él, había decidido invadir la Carretera Transpeninsular. Mientras los choferes de los carros dudaban si continuar adelante o esperar a que el nivel del agua descendiera yo llegué, con decisión me bajé de la rojigualda y ni corto ni perezoso, con el agua hasta la rodilla, crucé el charquito mientras le pedía a diosito que me ayudara a no caerme y hacer el oso delante de tanta gente. En mi camino encontré tres núcleos habitados: Palo Verde, el crucero a San Bruno y San Lucas. A Santa Rosalía llegué con los pies todavía mojados y me recibió una manta que anunciaba la celebración en la Playa El Morro del Baile del Calorón. Encontré alojamiento en el Hotel Olvera, un lugar que resultó bastante agradable.

La hoy cabecera del municipio de Mulegé nació en 1885 con el establecimiento de la compañía minera francesa El Boleo que se dedicó a explotar los ricos yacimientos de cobre y a los trabajadores que laboraban en la mina. En 1985 los hornos de la compañía minera se apagaron definitivamente y las fuentes de ingresos actuales de los habitantes de Santa Rosalía son: la explotación de yeso-manganeso, el aprovechamiento de sus recursos marinos y el turismo.


Es un auténtico placer pasear por sus calles y disfrutar de las formas y colores de sus casitas de madera. La mayoría de los edificios públicos y construcciones particulares han conservado el estilo arquitectónico francés (Hotel Central, Hotel Francés, Biblioteca Mahatma Gandhi, Casa de la Cultura, Palacio Municipal, el edificio de la Sociedad Mutualista Progreso y la Antigua Dirección de la compañía minera El Boleo entre otros). A mí me dio la sensación de que me encontraba en otro tiempo y en otro espacio, quizás en la vieja Nueva Orleans.
Otro de los edificios de interés es la Iglesia de Santa Bárbara, supuestamente diseñada en 1884 por el ingeniero francés Gustave Eiffel y construida en 1887. Fue expuesta en la Exposición Mundial de París en 1889 junto con la Torre Eiffel. Desde Bélgica se trasladó desarmada en el velero San Juan (propiedad de la compañía El Boleo) hasta Santa Rosalía, donde se instaló entre 1895 y 1897. Verdaderamente curioso este templo desarmable.
Había leído que en Santa Rosalía había una panadería de mucha tradición que había logrado el reconocimiento nacional e internacional. Como uno de mis mayores placeres en este país es probar el pan dulce de los diferentes lugares que visito, allá me fui derechito a la Panadería El Boleo de la familia Gastelum, que desde 1901 elabora pan francés con maquinaria y técnica de la France (oh-la-la). No les miento si les digo que me decepcionó tantito el pan de El Boleo. De primeras allí no es como en las otras panaderías que uno, armado con su charola y sus pinzas, se pasea entre estanterías llenas de bandejas de pan dulce y va agarrando de aquí y de allá. En El Boleo hay que decirle a la señorita de cuál pan se te antoja y ella te lo agarra (el pan). Y sobre la calidad del pan, qué quieren que les cuente... No seré yo quien diga que el pan de allí es malo pero doy fe de que lo he comido mejor en otros lugares con maquinaria y receta orgullosamente mexicana.Quien catalogó a Loreto como uno de los pueblos más bellos de México quizás no llegó a conocer Santa Rosalía o quizás nuestro concepto de belleza sea diferente. A mí cuando menos me gustó más que Loreto. Es conveniente recordar que toda esa belleza y magia que podemos disfrutar en el Santa Rosalía actual se la debemos a los obreros de El Boleo que, en un marco encubierto de esclavitud y explotación, morían víctimas de silicosis y de frecuentes accidentes.
Santa Rosalía representaba la última oportunidad de salir de la península de Baja California por la vía rápida pues desde allí hay un barco que realiza la ruta Santa Rosalía-Guaymas (estado de Sonora). Decidí que no era momento para acobardarme, que deseaba seguir disfrutando de las temperaturas tan agradables de Baja, continuar pagando un poquito más por cada producto que me vendían aquellos amabilísimos tenderos y pedalear por el Desierto de Vizcaíno. Quizás el calorón estaba destruyendo las escasas neuronas que quedaban en mi cerebro.
Pero como siempre he pensado que uno ha de ser responsable de las decisiones que toma, no quedó de otra que continuar y poner rumbo a San Ignacio. Saliendo de Santa Rosalía iba yo pensando en las palabras que me había enviado mi amigo Mauricio en su último mensaje:

"Saliendo de ahí encontrarás la que sin duda puede ser la subida más pesada de México -no por distancia, sino por su inclinación-, se llama la cuesta del infierno y seguramente te acordarás de mi" Mi pedaleo era quedito (todavía más que en otras ocasiones) pues deseaba llegar al inicio de la cuestita con las fuerzas intactas. Y finalmente apareció. Allí estaba ella, anunciándose con 700 metros de anticipación. Decidí fumarme un cigarrillo antes de comenzar la crono-escalada.La subida estuvo pesada aunque me dio la impresión que a lo largo de nuestra bici-pato-aventura he pasado algún tramo más complicado. Más adelante aparece ante nuestros ojos una hermosa formación natural de 2054 metros de altura. Se trata de el volcán Las Tres Vírgenes. A unos 50 kilómetros de Santa Rosalía se encuentra el ejido Alfredo V. Bonfil, único lugar habitado en el camino. De aquí son 24 kilómetros más para llegar a San Ignacio, poblado que se asienta en una cañada que contrasta con el paisaje de sierras y desierto que lo rodea.
Llegué a San Ignacio cuando sus tradicionales fiestas estaban a punto de finalizar. Me sacó bastante de onda no encontrar alojamiento por menos de 200 pesos (los doscientos pesos me los pedía una señora que rentaba unos cuartos). Fiel a la promesa que me había hecho a mí mismo de no pagar en ningún caso más de 150 pesos por dormir en una cama, me dirigí al Parador de Casas Rodantes El Padrino y le pedí al señor que me dejara quedarme en uno de los cuartos que estaba acondicionando para ser rentados en un futuro. Me cobró ochenta pesitos pero disponía de luz y agua, no tenía que instalar mi casa de campaña (uno de los trabajos que menos me gusta de esta vida vagabunda) y estaba protegido en caso de lluvia.
De San Ignacio lo más destacable es la Misión de San Ignacio de Loyola, para mí una de las más bellas que he conocido. En su construcción se emplearon bloques de roca volcánica y su fachada se ha conservado prácticamente intacta. En San Ignacio (en el museo que se encuentra junto a la Misión) está centralizado por parte del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) el tema de los permisos para visitar las pinturas rupestres de la vecina Sierra de San Francisco, inscritas por la UNESCO como patrimonio cultural de la humanidad. Me dio la impresión que para ver "las paredes rayadas" había que pagar muchos peajes: el del INAH, el del señor que te llevaba de San Ignacio hasta el "campo base" para visitar las cuevas, el del experto guía que te conducía desde el campo base a la mera cueva, el de las mulas..., así que... a la chingada con todos ellos (menos con las mulas que son las más inocentes de toda esta historia).

En los algo más de setenta kilómetros que separan San Ignacio de Vizcaíno no encontré ninguna tiendita en mi camino. El desierto de arena y dunas que esperaba me lo habían cambiado por un paisaje donde los cactus eran los protagonistas. Una tierra árida pero para mí no muy diferente a otros lugares que había conocido en el sur de Baja California (la zona de Los Cabos y la ruta de las misiones por ejemplo).En Vizcaíno, considerado como el corazón agrícola del municipio de Mulegé, me quedé en el Hotel Los (así se llama, créanme) que en realidad eran unos cuartos en la parte superior del supermercado Balta.
De Vizcaíno poquito puedo contarles porque lo único que hice fue comer y descansar. Me dio la impresión de que era un importante centro comercial y poco más. Al igual que Ciudad Constitución o Ciudad Insurgentes, Vizcaíno nace fruto de uno de esos llamados del gobierno mexicano a la colonización de tierras "ásperas e inexorables"
Ya sólo faltaba superar los 75 kilómetros que separan Vizcaíno de Guerrero Negro para poner punto final al recorrido por el sur de la Baja California y adentrarme en la parte norte en mi camino hacia Tijuana.
El viento fue el protagonista de esta última etapa, un viento que dificultaba mi avance a través del Desierto de Vizcaíno. En mi camino encontré tres ejidos: Francisco Múgica (Km. 154), Laguneros (Km. 180) y Benito Juárez (en el Km. 193 está el crucero). Cuando finalmente llegué a Guerrero Negro una sensación de tranquilidad me invadió. Atrás quedaban los mil doscientos setenta y seis (1276) kilómetros que había recorrido por Baja California Sur desde aquella mañana que llegué a Pichilingue procedente del puerto de Mazatlán.En Guerrero Negro la oferta hotelera es amplia. Yo me quedé en el motel Brisa Salina, ubicado como casi todos los lugares de hospedaje en el Bulevar Emiliano Zapata.
Guerrero Negro, localizado entre la costa Pacífico Norte y el paralelo 28, es fiel reflejo del estado en que se asienta: Baja California Sur. Mucha extensión de territorio, poca población (integrada en su mayor parte por personas procedentes de otros estados de la República) y mucha arena.
En 1954 entra en operación la Compañía Exportadora de Sal, el motor económico de esta población que oficialmente lleva el nombre de puerto Venustiano Carranza. Guerrero Negro, como se le conoce internacionalmente, surge de la leyenda del barco ballenero estadounidense Black Warrior, hundido frente a sus costas en 1850.
Miles de estanques al sur del pueblo son llenados con agua de mar la cual se evapora bajo el caliente sol del desierto, dando como resultado la sal. Más de cinco millones de toneladas de este producto salen cada año de Guerrero Negro con destino al mercado internacional. No fue posible visitar las instalaciones de la Compañía Exportadora de Sal pues, al parecer, es necesario reservar con cierta anticipación.En Guerrero Negro la "tourist information" se la reparten los prestadores de servicios turísticos (restaurantes, hoteles y algún organizador de aventuras). Fue así como conocí a Heriberto García, un oaxaqueño llegado a Guerrero Negro hace quince años y que se encuentra al frente del restaurante Las Cazuelas. Don Heriberto, de forma totalmente desinteresada, intentó que me permitiesen visitar las instalaciones de la Compañía Exportadora de Sal, me ayudó a buscar una llanta para la rojigualda, me asesoró sobre la ruta a seguir hacia el norte, me invitó a café... Don Heriberto es uno de esos extraños casos de comerciante humano, dispuesto a echar la mano a quien lo necesita. Su restaurante es mucho más que un restaurante.
A la laguna Ojo de Liebre (muy cerquita de Guerrero Negro), de enero a marzo, llegan miles de ballenas grises que recorren hasta diez mil kilómetros desde las frías aguas de los mares de Bering de Alaska y Chukchi. Las ballenas llegan a aparearse unas y parir otras. Miedo me da sólo pensar en qué estará convertido este lugar en esas fechas, con cientos de "voyeurs" a bordo de lanchas con el irrefrenable deseo de tocar una ballena (qué obsesión con tocarlo todo: las ballenas en Guerrero Negro, los toros en Pamplona, las obras de arte en los museos...). Creo que el hombre es el único animal capaz de estropear la belleza natural con la que se expresan los otros animales.
Además de la laguna Ojo de Liebre dicen que también se pueden contemplar las ballenas en la laguna de San Ignacio, Adolfo López Mateos y Puerto San Carlos. Quién sabe, quizás hasta en Cabo San Lucas se aviste alguna ballena aunque posiblemente ésta sea una gringa nadando en la bahía.
Aquí termina nuestra gira por el sur de Baja California. Ya sólo nos quedan alrededor de 700 kilómetros para llegar a Tijuana. Me despedí de mis "estimados amigos sudcalifornianos" deseándoles mis mejores deseos y con la absoluta seguridad de que jamás volveré a poner mis pies en su estado. El próximo relato será ya desde Baja California (Norte). Confiando en que algunas cosas empiecen a cambiar con el cambio de estado (no civil sino geográfico) volvemos a pedalear nuevamente.
Hasta la próxima semana.
Facun, alias "el tuareg"
Otros enlaces de interés:
- Mapa del estado de Baja California Sur
- Transporte marítimo entre Santa Rosalía y Guaymas
- Coordinación Estatal de Turismo de Baja California Sur
- Ruta de las Misiones
- Tierra incógnita
- Mar de Cortés
- Bajanautas
- Ciclismo de montaña en Baja California
- Recorrido Transpeninsular Baja 1600 en MTB
- El Sudcaliforniano
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