¿Qué les parece el nuevo look del güerito? Ahorita luzco más espigado, más sonriente y le he cortado las mangas a mi playera. No inventen, este no soy yo. Es mi amigo Knut.A Knut lo encontré camino de San Vicente. Después de más de seis meses rodando en bicicleta por el país de los topes el destino quiso unir a ese germano de Berlín y a este hermano sin nacionalidad definida. Pueden suponer la alegría que me dio encontrarlo.
Knut me contó que venía de Alaska y que su destino era La Paz. Pues en tres semanas puedes estar allí le dije yo. No Facundo, mi destino es La Paz, capital de Bolivia, me dijo sonriente. ¡Hijo de Calimán! Aquello sí era un viaje internacional.
No acabaron aquí los encuentros aquella mañana de lunes 11 de agosto de 2003. Cuando me faltaban escasamente 15 kilómetros para llegar a San Vicente encontré en mi camino a Mike McCann, un estadounidense que venía de Whistler (Canadá) y cuyo destino era El Rosario (Baja California Norte). Me impresionó verlo calzado con unos huaraches, la camisa abierta mostrando el pecho y aspecto derrotado por el calor bochornoso que aquella mañana se respiraba por aquellos lares. Le aconsejé que continuase pedaleando si deseaba llegar con la luz del día a San Quintín y nos despedimos deseándonos suerte. Dejemos los encuentros cicloturistas a un lado y retomemos el pulso del relato. La pasada semana nos habíamos quedado en Guerrero Negro, donde tras un par de jornadas de descanso, llegó el momento de salir de Baja California Sur y adentrarme en Baja California Norte.
Los 130 kilómetros que separan Guerrero Negro del Parador Punta Prieta transcurrieron con una tranquilidad únicamente interrumpida por la presencia en mi camino de dos puestos de control: uno del INM (Instituto Nacional de Migración) a la salida de Guerrero Negro, poco antes de llegar al hotel La Pinta, donde se encuentra el límite entre Baja California Sur y Baja California Norte y otro del Ejército Mexicano que no recuerdo exactamente dónde estaba instalado.

A Migración le mostré mis documentos y los militares se empeñaron en hacer una revisión de mis pertenencias, revisión que a pesar de no ser muy exhaustiva sí fue suficiente para enojarme tantito. Mientras uno de los soldados hurgaba entre mis tiliches su compa se dedicaba a formular preguntas estúpidas a las que yo contestaba con respuestas no menos estúpidas.En mi camino hacia el Parador Punta Prieta encontré tres lugares habitados con tiendita: Villa Jesús María, Rosarito y Punta Prieta, este último trece kilómetros antes de llegar al Parador. La información que me proporcionaron en Guerrero Negro no resultó muy fidedigna. Vamos, que no le atinaron demasiado. Los cuartitos que supuestamente rentaba una señito en Rosarito habían desaparecido y los restaurantes del Parador Punta Prieta, quién sabe a dónde se habían trasladado. En fin, lo ideal después de haber pedaleado ciento treinta kilómetros por el valle de los Cirios.


A propósito del valle de los Cirios, se trata de una extensa zona protegida que comienza en Villa Jesús María y ocupando todo el ancho de la península, llega casi hasta El Rosario. En esta vasta área el protagonista, evidentemente, es el cirio, un árbol que no da fruto, no sirve para leña y da muy poca sombra. Como dicen por aquí, bueno para nada. Pero ahí está él, impasible ante los carros, camiones y alguna bicicleta que recorren la Carretera Transpeninsular, sobreviviendo en un medio sumamente hostil caracterizado por grandes cambios de temperatura, precipitaciones prácticamente nulas y temporada de fuertes vientos. Su cuerpo tiene la forma de un tronco largo y delgado, erizado de ramas delgadas con espinas.
Pero nos habíamos quedado en que en el Parador Punta Prieta (en el crucero hacia Bahía de los Ángeles) no había demasiados atractivos. Encontré una casita que anunciaba café como el máximo exponente de su elaborada oferta gastronómica.Ante la disyuntiva de comerme una Maruchan (sopa instantánea que tiene un gran éxito entre mis amigos mexicanos) o nada opté, naturalmente, por la nada. Un poquito de ayuno no viene mal de cuando en cuando.
A la seño del café y a su hijo les pedí que me dejaran descansar allí aquella noche. No sólo aceptaron sino que me dejaron de velador de su negocio mientras ellos se ausentaron un ratito. Yo mismo me sorprendo de la rapidez con la que la mayoría de la gente deposita su confianza en mí.



En la mañana siguiente seguí mi camino hacia Cataviña. En los cien kilómetros que separan el Parador Punta Prieta de Cataviña encontré un lugar habitado (Chapala, a 46 kilómetros del Parador), donde hay un pequeño restaurante (precios algo caros pero comida sabrosa) en el que alguien pasa sus ratos libres completando rompecabezas (puzzles). Pasando Chapala hay un tramo de varios kilómetros en los que la Carretera Transpeninsular se asemeja más a un camino rural que a una carretera nacional. Se ve que no les alcanza para tenerla en condiciones. Pobre gente... Poquito antes de llegar a Cataviña (a 16 kilómetros) están Jaraguay y San Ignacito, donde poder comprar un refresco.
En Cataviña esperaba encontrar yo una cama donde descansar. Hombre... camas había pero a 800 pesos en el hotel La Pinta y a 220 en el mini-hotel Linda (así se llama, lo de mini no me lo atribuyan a mí). Finalmente me quedé en un trailer-park que ni siquiera contaba con agua. Como me entró flojera no instalé mi casa de campaña. Colchoneta, bolsa de dormir, una hermosa luna y un cielo estrellado que curaban todos mis dolores.El cine ambulante llegó aquella tarde del jueves 7 de agosto de 2003 a Cataviña de la mano de las travesuras de la india María y las de "Los narcos de Sinaloa", entretenimiento asegurado para chicos y grandes.
Con la ilusión de llegar a un lugar con tomas de corriente para cargar las pilas de mi cámara fotográfica (desde Guerrero Negro hacia adelante no está electrificado) seguí mi camino hacia El Rosario (123 kilómetros), encontrando en mi camino los siguientes "puntos de avituallamiento": Rancho El Progreso (km. 121 de la Transpeninsular, a 59 de Cataviña), Rancho El Descanso (km. 109 de la Transpeninsular, a 71 de Cataviña) y Rancho Los Mártires (km. 104 de la Transpeninsular, a 76 de Cataviña).
En El Rosario, efectivamente, la energía eléctrica llegaba hasta los hogares de aquellas gentes. Las tarifas de los tres hoteles del lugar se encontraban más cercanas a los doscientos que a los cien pesos y no tuve éxito negociando que me dejasen quedarme a cambio de 150 pesos. Deambulé por el poblado para ver si algún alma caritativa se apiadaba de mí sin éxito. La playa estaba un poco retirada para que fuese mi colchón aquella noche, llevaba dos noches durmiendo con el cielo como techo, tres días sin darme un regaderazo y 350 kilómetros en mis piernas desde que había salido de Guerrero Negro. Era el momento exacto de romper la promesa que había hecho (qué blando soy) de no pagar más de 150 pesos por dormir en una cama, de modo que me quedé en el motel El Rosario (195 pesos), al lado de la gasolinería.
La niebla fue la protagonista cuando en la mañana siguiente seguí mi camino hacia San Quintín (65 kilómetros), una espesa niebla que me acompañaba por primera vez en mi recorrido por tierras mexicanas. En mi camino, apenas encontré tres ejidos: Valle Tranquilo (km. 29 de la Transpeninsular, a 28 de El Rosario), El Socorro (km. 25 de la Transpeninsular, a 32 de El Rosario) y Nueva Odisea (cuando faltaban unos 20 kilómetros para llegar a San Quintín).
Qué alegría cuando llegué al Puente Las Parritas y vi los primeros campos cultivados. Qué sensación más agradable disfrutar del color verde de las plantas sembradas en grandes extensiones de terreno. Y volver a encontrarme con mis amigas las vacas pastando plácidamente mientras volteaban al paso del caballero pedaleante. Después de varios días y cientos de kilómetros en los que los cactus, los cirios y la arena eran los principales protagonistas de la película, aquellas hermosas vacas fueron la mejor de las bienvenidas posible al valle de San Quintín.San Quintín me recibió cuando su Expo-Feria de verano se encontraba en el ecuador festivo. Yo no estaba para ferias así que me dediqué a buscar un hotel de los míos, tarea que resultó complicada. El más económico que encontré no me convenció así que me dediqué a pasear con la bicicleta en busca de otras alternativas. Finalmente la señora Mary me rentó un cuartito limpio, espacioso y en un lugar muy tranquilo por ochenta pesitos.
Dicen que San Quintín tiene dos caras: el valle de San Quintín y la bahía de San Quintín. El primero de ellos, importante región agrícola, está integrado por una población de varias decenas de miles de personas que, curiosamente, pareciera que todas desean vivir cerca de la Carretera Transpeninsular pues el área urbanizada se ha desarrollado a lo largo de varias decenas de kilómetros de la misma. Desde la colonia Lázaro Cárdenas hasta la Vicente Guerrero, San Quintín se asemeja a un gran churro alargado que parece no tener fin.
La historia del otro San Quintín, la bahía, se remonta al final del siglo XIX, cuando una compañía inglesa fue autorizada por el gobierno mexicano para colonizar la costa este de la bahía. Una prolongada sequía echó por tierra las expectativas de aquellos hijos de la Gran Bretaña, que tuvieron que desistir en su empeño. Actualmente la bahía es un centro turístico, un "paraíso estacional" para "deportistas" con hoteles que cuentan con confortables habitaciones, excelentes restaurantes de mariscos y una gran variedad de actividades (pesca deportiva, windsurfing y cacería entre otras).
Pues bien, como yo prefiero las tortas de milanesa a la cacería de codorniz y ganso negro y el sabor de los lugares donde vive la gente de forma continuada frente a los hoteles llenos de gringos que se encuentran de paso, me quedé en el primero de los San Quintín, en el valle, descansando, escribiendo y sorprendiéndome con aquel lugar tan extraño.
En San Quintín me di cuenta que algunas cosas habían empezado a cambiar respecto a mis andanzas por Baja California Sur. La más destacable: el tráfico, que le hacía ponerse a uno bien abusado si no deseaba que se lo llevase la chin... Afortunadamente para mí, los primeros 45 kilómetros en dirección a San Vicente pude pedalear por un hermoso arcén que me separaba tantito de las fieras (los carros aquellos que parecían tener una prisa inusitada). Los 55 kilómetros restantes hubo que lidiar con aquel ganado bravo y correoso y orillarse cuando, tras observar a través de mi espejo retrovisor, llegaba a la conclusión que no quedaba otra alternativa.
En el camino entre San Quintín y San Vicente existen varios lugares habitados donde poder abastecerse en caso de necesidad: Vicente Guerrero (Km. 171 de la Transpeninsular, a 19 de San Quintín), Camalú (Km. 158 de la Transpeninsular, a 32 de San Quintín), Rubén Jaramillo (Km. 147 de la Transpeninsular, a 43 de San Quintín), San Telmo (Km. 139 de la Transpeninsular, a 51 de San Quintín), Punta Colonet (Km. 129 de la Transpeninsular, a 61 de San Quintín) y finalmente R. Sánchez Taboada (Km. 95 de la Transpeninsular, a escasos cinco kilómetros de San Vicente).
En San Telmo se encuentra una desviación que conduce hasta el Parque Nacional Sierra de San Pedro Mártir, lugar donde se encuentra ubicado un importante observatorio astronómico que me recomendaron visitar en la oficina de turismo de Loreto. Sin embargo, fueron varios los motivos que me llevaron a eludir este destino: primero, la distancia (algo más de cien kilómetros con sólo una parte pavimentada desde el crucero de San Telmo); segundo, el desnivel existente (casi tres mil metros); y tercero, el más determinante, que según la información que había recabado los escasos lugares habitados eran dos ranchos (Rancho Meling y Mike's Sky Rancho), a los cuales acudían los gringos... en avioneta.
De San Vicente guardaré un buen recuerdo por varios motivos: primero, encontré un motel (El camino) por 150 pesos; segundo, una señito de Oaxaca me preparó una sabrosa comida; tercero, encontré una panadería donde elaboran el pan más sabroso que he comido en Baja California; y cuarto y último, lo más importante, San Vicente supuso el reencuentro con los Alas, esos Alas azules que no había tenido oportunidad de saborear desde aquella mañana que llegué a la península de Baja California procedente del puerto de Mazatlán, cuya ausencia fue suplida dignamente por los ovalados Delicados.
Y así, saboreando el aroma, la textura y el sabor inconfundible de esos cigarrillos orgullosamente mexicanos (aunque la fábrica tenga el sospechoso nombre de British American Tobacco Mexico, S.A. de C.V.) ponemos fin al primero de los relatos desde el norte de la península de Baja California.
Les espero la próxima semana.
Facun, "el adicto a la nicotina"
Otros enlaces de interés:
- Mapa del estado de Baja California Norte
- Secretaría de Turismo de Baja California Norte
- Mar de Cortés
- Bajanautas
- Parque El Palmerito en Cataviña
- Ciclismo de montaña en Baja California
- Recorrido Transpeninsular Baja 1600 en MTB
- Fotografías de la Sierra de San Pedro Mártir
4 comentarios:
Asi es .. la carretera en el area de catavina esta en muy mal estado .. y la culpa no es de la "pobre gente" es del gobierno del estado y del municipio de Ensenada ... que como en el estado de Baja California todo esta muy 'Nortealizado' y pues el dinero se gasta en el norte .. no en el sur .. donde casi ni gente hay .. algunos 15 kms al sur del Hotel La Pinta de Catavina (y del mini-Hotel) ... hay una entrada hacia al Golfo .. que llega a un oasis en el desierto .. ahi hay donde descansar y ademas hubieras tenido la oportunidad de ver pinturas rupestres ademas del respectivo chapuson.
Gracias Ricky por la puntualización.
Al César lo que es del César y a las autoridades federales, gubernamentales y municipales la responsabilidad del mantenimiento de la carretera.
Me temo que no estaba yo pa ver pinturas rupestres en aquellos días.
Otra vez será.
Saludos.
deberias mostrar mas respeto por las autoridades, el ejercito mexicano solo esta haciendo su trabajo, si no te gusta ya puedes largarte a otro lado... pasaras muchos mas retenes y preguntas estupidas,,, pero ten cuidado....
Muchas gracias estimado Anónimo por tu consejo. Lo tendré en cuenta para el futuro.
Saludos.
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