Nuestra bici-pato-aventura dio un inesperado giro cuando, tras unos días de descanso en la ciudad y puerto de Mazatlán, decidí embarcarme a La Paz, la capital de Baja California Sur.18 horas de travesía para llegar a La Paz me parecieron excesivas, pero después de ver todo lo que entró en la bodega de aquel barco (carros, camionetas, camiones, trailers y hasta una bicicleta), me pareció normal que fuéramos tan despacito. Una vez a bordo me enteré que el destino de aquel barco no era exactamente la ciudad de La Paz sino un lugar de nombre un tanto curioso para mí, Pichilingue, distante casi veinte kilómetros de la capital de Baja California Sur. Pues ni modo, me dije a mí mismo, habrá que pedalear.

El viaje resultó tranquilo. La mar no estaba muy brava y tuve oportunidad de contemplar el atardecer y el amanecer desde aquel buque. Partimos a las tres de la tarde (las dos y media según el horario previsto) del puerto de Mazatlán y arribamos a las nueve y media de la mañana (las ocho según el horario previsto). Los 660 pesos que pagué por mi boleto (clase Salón, la más económica) me dieron derecho a una butaca en una sala donde lo más destacable era el calor, ante lo cual mucha gente optó por dormir en la cubierta del barco. Resumiendo, les diré que mi experiencia con el Grupo Sematur de California, desde que acudí a comprar mi boleto, no fue demasiado buena.Conforme nos acercábamos a nuestro destino, el perfil de la península se iba volviendo cada vez más montañoso, lo que unido a que no se veían lugares habitados, le daban un toque fantasmagórico. En verdad, aquello era diferente a todo lo que yo había visto antes en el México lindo y querido. Ante mis ojos estaba aquel territorio áspero e inexorable que, no pudiendo Cortés conquistarlo militarmente, optó por la segunda vía, la de la conquista "espiritual", con la llegada de diferentes misioneros jesuitas cuya huella quedó en forma de Misiones, uno de los atractivos culturales que ofrece en la actualidad el Sur de la Baja California.
Con la curiosidad propia de quien llega a un lugar por vez primera pedaleé rumbo a La Paz con tranquilidad, deteniéndome a contemplar las playas que iban apareciendo en mi camino (El Tesoro, Caimancito, Coromuel y Palmira). Encontrar un hotel de a cien pesitos en la ciudad de La Paz, más que difícil resultó tarea imposible. La villa juvenil del Instituto Sudcaliforniano del Deporte (Bulevar Forjadores de Sudcalifornia, kilómetro 3 de la carretera del Sur) se encontraba ocupada durante todo el mes de julio y parte de agosto por los maestros, así que ni modo. Al final me quedé en la Pensión California (Degollado 209), que junto con la Hostería del Convento (Francisco I. Madero 85) me parecieron las mejores opciones de alojamiento económico en esa ciudad. Sus tarifas son ligeramente superiores a los cien pesitos pero son lugares aceptables.Una vez instalado la siguiente tarea era descubrir la ciudad. Pregunté por la oficina de información turística y me enviaron a la Policía Turística. ¿Me habrían visto aspecto de rijoso o qué? La Policía Turística me entregó un pequeño plano de la ciudad y nada más. Afortunadamente, en la Coordinación Estatal de Turismo de Baja California Sur (carretera al Norte, kilómetro 5,5), me dieron un poquito más de información, no sólo de la ciudad sino también del estado.

De mis paseos por la ciudad de La Paz extraje una conclusión: que allí prácticamente no había nada que hacer. Me gusta dedicar unos días a descubrir las capitales de los estados que visito pero, en el caso de La Paz, dos días fueron suficientes para comprender que en aquel lugar el precio que había que pagar por la nada era excesivo para mí. La oferta principal de La Paz son sus playas y la práctica de deportes "de aventura" (buceo, kayak, esnorquel, surf, pesca deportiva). A mí la playa no me excita demasiado y respecto a lo otro, pues qué quieren que les diga, como que tampoco.Una de las ventajas de viajar en bicicleta es que los cambios no son bruscos, conforme vas recorriendo tu camino vas adaptándote con facilidad a las nuevas situaciones. Sin embargo, en esta ocasión, yo había optado por la vía rápida (Mazatlán-La Paz en barco) y me daba la sensación de que estaba pagando las consecuencias: el peculiar carácter de los habitantes de aquel lugar (cerraditos, parcos en palabras, con escaso sentido del humor y no especialmente amables) y el incremento de entre un 20% y un 30% en TODOS los productos (dizque por los costes de transporte).
Pero yo estaba allí y de algún modo tenía que solucionar aquello. Decidí comprar un mapa de carreteras del estado y planifiqué una ruta que, comenzando en La Paz, pasaba por Todos Santos, Cabo San Lucas, San José del Cabo y Los Barriles para regresar nuevamente a La Paz.
De Todos Santos me habían dicho que era un pueblito agradable, lugar de residencia de algunos dizque intelectuales y artistas. No pude encontrar un cuarto económico así que me quedé en el lugar que, presiento va a ser mi casa durante la "gira" por la Baja California: un trailer-park o parador para casas rodantes, en el caso de Todos Santos regentado por una señora de Washington.
El tablón de anuncios del Palacio Municipal de Todos Santos se hacía eco de la "donación" de un camión de bomberos por la ciudad de San Luis Obispo (California, Estados Unidos de América) y diez patrullas con las que se había mochado San José (California, Estados Unidos de América). Era evidente que la seguridad constituía una gran preocupación para la amplia colonia de gringuitos que habitaban en aquel extraño lugar.

En Todos Santos, población de pasado cañero (caña de azúcar), hoy día hay muchas gallery, alguna boutique, una tiendita que cuelga su letrero de Design Todos Santos y mucho polvo en las numerosas calles todavía no pavimentadas (a ver si les mandan un poco de chapopote de los EUA). El local de Alcohólicos Anónimos ahora es AA Unit Service Recovery, las cuadras las rebautizaron como blocks y en la calle se encuentran periódicos de cortesía escritos íntegramente en la lengua de Shakespeare (Destino Los Cabos, Gringo Gazette y Daily News).Hallé refugio en el Centro Cultural Profesor Néstor Agúndez, donde a través de una muestra fotográfica, pude conocer el Todos Santos de antaño, antes de convertirse en "All Saints" Aquellos todosanteños que aparecían retratados me resultaron más simpáticos a los que había visto minutos antes en mi paseo por las calles del "village" Después de tomar nota de la especulación inmobiliaria que impera en el lugar (las transacciones por supuesto en puros dólares) y sin llegar a comprender el motivo por el cual aquel pueblito había sufrido semejante colonización por parte de mis amigos gringos, me sentí aliviado cuando, en la calle Centenario, observé una gran concentración de gente orgullosamente mexicana. ¡Sopas!, dije yo, una fiesta. Pues no, amigos míos, se trataba de un velorio. No llegué a conocer la identidad del muertito pero a mí se me ocurrió que quizás allá estaba el cadáver del mismísimo Todos Santos.


El siguiente punto en mi destino fue Cabo San Lucas. Allá evidentemente no podía rentar un cuarto así que me tocó nuevamente vivir la vida campestre en mi minúscula casa de campaña. Cabo San Lucas se inició como una aldea de pescadores a principios del siglo XX, cuando en 1917 se estableció una compañía norteamericana para la explotación del atún. Alguna mente preclara debió pensar que aquel lugar era apropiado para pescar algo más que atunes y en los años cincuenta, a la sombra de la sport fishing, comenzaron a instalarse los primeros hoteles.
Hoy Cabo San Lucas es un centro turístico para una élite de gringos que pueden costearse la estancia, donde nunca les faltará un ejército de sirvientes mexicanos dispuestos a consentirlos.

Los precios de las cosas alcanzan aquí cifras disparatadas. A los dólares con patas parece que nada de todo eso les afecta y continúan tragando, tomando y comprando hasta saciar su voraz apetito. Paseando por el puerto uno se da cuenta del nivel económico de sus ocasionales vecinos, que tienen allí sus barquitos estacionados. Quise visitar El Arco, formación geológica labrada en roca por la naturaleza donde confluyen el océano Pacífico y el mar de Cortés, pero los cien pesos que me pedían por llevarme allí me parecieron una exageración.Así que lo único que pude hacer en aquel lugar fue pasearme y llegar a la conclusión de que me encontraba en medio de la pobreza (cultural, ideológica, humana) más absoluta. Dicen que en México hay muchos millones de pobres. Cuando la pobreza radica en las desigualdades sociales, tiene solución. Pero la otra, la que conocí en Los Cabos, me temo que es más complicado solucionar. Aproveché para descansar a la sombra de la bandera de las barras y estrellas que presidía el lugar de mi campamento (regentado por una pareja gringa de San Francisco), me cansé de que los prestadores de servicios turísticos me hablasen en inglés, de que los choferes de los taxis me preguntasen qué andaba buscando y de pagar dos pesos más por cada cajetilla de cigarros.
Puse rumbo a San José del Cabo y en mi trayecto por la super-carretera escénica de dos carriles por sentido pude contemplar el denominado Corredor Turístico. Hoteles de gran lujo, residencias, villas, condominios privados y campos de golf de espectacular diseño se fueron sucediendo en mi camino. Todo ello ofrecía un curioso contraste, a veces hasta cómico, con el paisaje desértico que lo rodeaba. Entonces comprendí el motivo por el que aquellas gentes acudían allí. Supongo que todo ha de verse desde una óptica diferente cuando uno está alojado en uno de esos hoteles de gran lujo y desde la ventana de su suite con aire acondicionado observa el paisaje de cactus y, en medio de aquel calor infernal, un individuo pedaleando a lomos de una bicicleta cargada de tiliches. San José del Cabo no resulta tan ostentoso como Cabo San Lucas. Tiene también su zona hotelera lujosa pero además hay un mercado, una Casa de la Cultura, una biblioteca y la Misión Estero de las Palmas. Me quedé en el Hotel Nuevo San José (Álvaro Obregón, casi esquina con Vicente Guerrero), el más económico y más o menos aceptable.Sabido es que los promotores turísticos son gentes de gran voracidad y cuando terminaron de urbanizar Los Cabos (San Lucas y San José) y el Corredor Turístico que une ambas ciudades, decidieron extender sus dominios a Cabo del Este, zona que incluye Los Frailes, Cabo Pulmo, La Ribera, Buenavista, Los Barriles y Punta Pescadero.


Hacia Los Barriles me dirigí para completar mi doctorado en "turismo de alto standing" pero antes me detuve a conocer el poblado de Santiago, atraído por visitar la Misión de Santiago de los Coras, fundada como tal en 1721. Santiago me pareció un oasis después de tres jornadas de playas, gringos y cactus. Hasta llegué a pensar en quedarme allí pero los 250 pesos que me pedían por hacerlo en la única "Casa de Huéspedes" del lugar fueron determinantes para continuar mi camino hacia Los Barriles.


Lleno de prejuicios llegué hasta este lugar, distante unos 80 kilómetros de San José del Cabo, pero poquito antes de llegar conocí a don Manuel, uno de esos personajes sabrosos con los que tanto me gusta platicar en este país. Con sus pies descalzos, sentado a la puerta de la tiendita de su hija, a la que le echa la mano de cuando en cuando, don Manuel me habló de cuando era joven y salía a pescar, de sus combates en alta mar con aquellos pinches pescados que no se dejaban agarrar. Me contó cómo había cambiado aquel lugar y me confesó con cara de pícaro que, si ahorita estuviese joven y fuerte, se dedicaría a cogerse a todas esas gringas que paseaban sus pompas delante de la tiendita.




En Los Barriles continué escuchando mucho inglés pero el lugar me pareció mucho más agradable que los anteriormente visitados. Una hermosa y tranquila playa (muy limpia) cuya calma se veía únicamente alterada por los "aventureros" motorizados que a bordo de sus cuatrimotos parecían estar entrenándose para la próxima edición de la París-Dakar. Las embarcaciones fondeadas cerca de la orilla del mar aguardaban pacientemente a que la mañana siguiente fueran ocupadas por otros intrépidos "aventureros", los que luego harían alarde de su habilidad en la captura del marlin azul, el dorado, el pez espada, el jurel y el pez gallo.Desde una mecedora, con una Pacífico en mi mano, el impresionante Mar de Cortés delante y la amenazadora silueta de la Sierra La Laguna (misma que debía pasar la siguiente jornada) a lo lejos, disfruté de uno de los atardeceres más bellos de mi vida, el cual me hubiera dado mucho gusto compartirlo con alguien especial pero la vida del caballero pedaleante es solitaria por naturaleza.

Desde Los Barriles hasta La Paz se hacen algo más de cien kilómetros y un tramo del camino se realiza a través de la sierra. El paisaje está bonito y los pequeños pueblitos que aparecen en el camino (San Bartolo, San Antonio y El Triunfo) son una buena excusa para detenernos, tomar tantita agua calientita de nuestra ánfora o comprar un refresco en alguna de las tienditas.

El Triunfo se distinguió por la explotación de oro y plata en la época colonial, cuando alcanzó una población de varios miles de habitantes. Hoy es un pueblo con apenas trescientos habitantes en el que no existen fuentes de trabajo y en el que están realizando un gran esfuerzo por atraer al turismo con el reclamo de las instalaciones de la vieja mina. "La Ramona", que es como bautizaron a la más alta de las chimeneas de la mina, observa todo esto con cierto escepticismo pero al mismo tiempo se acicala para que la vean bien linda las gentes que se acercan hasta allí. Una particularidad de El Triunfo es que cuenta con tres panteones: el inglés, el chino y el mexicano. Cuando llegué nuevamente a La Paz fue el momento de reflexionar sobre esas primeras jornadas en Baja California Sur. He de reconocer que fueron varios los momentos en que pensé regresarme nuevamente a Sinaloa. Tuve que darme unos chapuzones en la alberca para tranquilizarme y decidir que, por encima de los gringos, el calor y los altos precios, había algo en aquella tierra que me atraía poderosamente. Quizás, si algún día lograse llegar a Tijuana, me reiría de todo eso.
Así que me despedí de la ciudad de La Paz, la ciudad del "alto 4 altos", de los tacos de a ocho pesos y los tamales de a seis, donde a pesar de todo, también encontré cosas buenas: los chiles rellenos y las tostadas del Mercado Bravo, el pan dulce de a peso de la Panificadora Pa-Pi-Pan, el aire acondicionado de la Biblioteca Central Filemón C. Piñeda y, sobre todo, la amistad de Paty Hernández y su familia, que me echaron la mano en todo lo que pudieron y, al menos por ellos, por la amistad y el cariño que me brindaron, voy a intentar llegar hasta Tijuana.Les espero la próxima semana.
Facun.
Otros enlaces de interés:
- Mapa del estado de Baja California Sur
- Transporte marítimo entre La Paz y Mazatlán
- Aeropuerto de La Paz
- Aeropuerto de Los Cabos
- Coordinación Estatal de Turismo de Baja California Sur
- Ruta de las Misiones
- Tierra incógnita
- Mar de Cortés
- Bajanautas
- Ciclismo de montaña en Baja California
- Recorrido Transpeninsular Baja 1600 en MTB
- El Sudcaliforniano
2 comentarios:
Estimado facundo:
He continuado leyendo tu aventura con gran interés y me agrada el realismo de tus pensamientos hacia la pobreza encontrada en esta región. No tengo el gusto de conocerla, pero en muchas localidades del país se nota esa desigualdad tan cruda que tú honestamente señalas. Nuevamente te felicito y concuerdo contigo ya que he pensado igual de la voracidad del turismo; ya que, como nacional, uno la sufre en forma de discriminación; y, lo peor, de sus propios paisanos. Creo que la devoción desmedida hacia el dinero y la falta de educación que priva en muchos de nosotros, nos hace actuar de esa mala manera. Quiero aclarar que yo amo a mi país, tanto que quisiera conocerlo mas, antes que ir a otros. Sin embargo es real reconocer lo triste de nuestra idiosincrasia. También coincido en que aparte de esa faceta negativa, hay un México hermoso con muchísima gente consciente de su origen y tradiciones que por lo mismo son mas respetuosas del prójimo. Saludos donde quiera que estés.
Interesante tu reflexión, más si cabe viniendo de un ciudadano orgullosamente mexicano y no de un gachupún como yo.
Un abrazo.
¿Quieres COMPARTIR TU OPINIÓN?